A México… ¡No Entras!

Regresé a Bogotá hoy en la tarde, a pesar de haber tomado un avión en la madrugada para emprender un viaje y seguir dándole alas a mis sueños. ¿Qué sucedió?, ¿que ni siquiera alcancé a pasar las puertas del aeropuerto de Ciudad de México?

Si hay un miedo grande al viajar para mí han sido sin duda las fronteras, pues se han convertido en el martirio de mis viajes.  El paso de una línea imaginaria, es dictaminado por una persona con autoridad malograda, quien tiene el poder de decidir quién es apto y quien no lo es para entrar a un país. Sus argumentos para tomar esta decisión son en base por lo general a prejuicios colectivos, sin determinar a un miembro de la sociedad como individuo. Por esto viajar con pasaporte colombiano puede convertirse en un infierno, debido al estereotipo por el que somos conocidos; muchas personas, así como yo, nos hemos quejado de los casos de discriminación y negación de la entrada a diversos países, aún más cuando tenemos todos los papeles en regla y no nos dan justificaciones para retenernos. La respuesta a las quejas que he leído y escuchado, es que los agentes de migración tienen la potestad de tomar este tipo de decisiones, y es cierto, pero, ¿pueden hacerlo de la manera abusiva y amenazante en que lo ejecutan?

Anoche en Bogotá con los nervios de punta, la vida me dijo de alguna manera que las cosas no serían fáciles. Al querer registrar mi equipaje, no me permitieron hacerlo porque no tenía un tiquete de salida de México. Me lo esperaba, suele suceder, pero este obstáculo siempre lo había solventado de diferentes maneras en los puestos de migración de cada país, no con la aerolínea. Sin embargo esta vez no logré hacerlo y tuve que cumplir con la obligación de comprar un pasaje de salida a última hora. Corriendo, fui la última en hacer el check in, porque además, me regresaron por segunda vez a la oficina de la aerolínea para que pagara un impuesto extra a los que están incluidos en la compra de los tiquetes, ya que saldría de Colombia. Jamás, había tenido que pagar un impuesto por salir de mi país, sin embargo me explicaron que haber comprado el pasaje Bogotá-Ciudad de México, en México y no en Colombia, me obligaban al pago del impuesto.

A las 5 de la mañana llegué al aeropuerto de Ciudad de México habiendo dormido poco. En el avión hacía un calor insoportable del que se quejaron muchos pasajeros, sin obtener respuestas positivas de las azafatas ni del capitán. Después de una fila de media hora, llegué al puesto de migración tranquila y mucho más confiada, porque a diferencia de otras veces, tenía el tiquete de salida que me había exigido la aerolínea. Estaba nerviosa y apurada también, porque afuera me esperaba Re para viajar juntos.

Sin miedo entregué mi pasaporte, e inmediatamente me pidieron el tiquete de salida, que lo usaría en unos meses hacia Estados Unidos. El hombre no dudó un segundo en levantarse de la silla, y pedirme que lo acompañara a una oficina; allí, un licenciado que no me dijo su nombre ni tenía alguna placa para saberlo, acribilló mi reencuentro con Re y mi visita a México.

Me sentaron en una sala, y me prohibieron utilizar el teléfono para llamadas o internet. Hasta ese momento, yo era inocente de lo que podría suceder; suponía que me la iban a hacer difícil como en tantas ocasiones, y en tantos países, pero no imaginé más allá. Me pidieron llenar un formulario con preguntas acerca del efectivo que tenía, pasajes de avión, conocidos en México, teléfonos, reservas, direcciones y planes turísticos. Una vez lo hice, me hicieron seguir a otra oficina para la entrevista con el tal licenciado, que hizo todo lo posible por argumentar que mi propósito en México, no era el turismo sino “para otra cosa”. ¿Cuál otra cosa?, nunca me explicó.

El hombre comenzó a hacerme varias preguntas de acuerdo a la planilla que acababa de llenar, pero mis respuestas no solo no le satisfacían, sino que les daba a todas la vuelta para hacerlas sonar terribles, y convencer a la audiencia, es decir, nosotros dos,  que sus suposiciones eran verdaderas, y mi verdad era una falacia. Prácticamente, no tuve derecho a hablar ni a defender mi posición. En muy pocos momentos guardó silencio para escucharme, pero las veces que lo hizo, no hacia una sola anotación en su libreta, lo único que escribía, era aquello de lo que estaba convencido, de su verdad, aunque fuera una mentira. Tampoco me permitió defenderme con documentos, que son por lo general requisitos para demostrar que una persona es apta para entrar como turista a otro país. Los extractos de mi cuenta bancaria, las tarjetas, la cantidad de países visitados, las direcciones, y los teléfonos de personas que me darían hospedaje, fueron totalmente ignorados.

Entre tantas cosas que me dijo, las cuales me parecieron argumentos desfasados, insulsos y sinsentido, dictaminó:

– Que era mi obligación como turista, gastar 150 dólares diarios y además, llevarlos en efectivo para el tiempo total de la estancia. Es decir, que si a un turista le dan 180 días para permanecer en México y los quiere utilizar, porque tiene derecho a hacerlo, ¿tiene que cargar 27.000 dólares en efectivo?

Que no estaba permitido que mexicanos me recibieran en su casa, porque estaba evadiendo los gastos de hospedaje y comida en restaurantes.

-Cuando le dije que trabajaba como escritora de viajes y diseñadora gráfica a través de internet, con empresas de mi país, me dijo que estaba prohibido hacer este tipo de actividades en México,  que era ilegal trabajar en calidad de turista. Eso es claro, lo que no me entendí es: ¿qué tiene de ilegal, sentarme en un hostal de México, que pagué con el dinero por mi trabajo para colombianos en Colombia, y enviarle un escrito a mi jefe en Bogotá?

Así como esto, hubo muchas respuestas que fue asumiendo y ridiculeces que fue inventando.

Al finalizar, me dijo que se quedaría con mi pasaporte para analizarlo y me daría una resolución. “¿Una resolución de qué?” le pregunté. Cómo no quiso contestarme nada, y ya estaba presintiendo que no me dejarían pasar, le solicité una llamada al consulado de Colombia la cual no me concedió; alterada, le dije que me parecía un abuso si pretendían devolverme a Colombia, sin ninguna prueba de que estuviera haciendo ilegal y sin dejarme comunicar con mi cónsul. Su respuesta fue que la prueba que tenía en sus manos, era el tiquete de regreso en unos meses. Dicho eso, siendo una supuesta prueba en mi contra, un requisito que estaba cumpliendo, me sacó de su oficina.

Durante una hora, estuve esperando y pidiendo que me explicaran cuál era mi situación y cuáles eran las posibles resoluciones, pedí hablar con el consulado y pedí avisar a Re que estaba allí. Pero no atendieron a ninguna de mis peticiones.

Al final llegó un hombre y preguntó: “¿usted viene de Bogotá?”, asentí con la cabeza, “pues para Bogotá se devuelve”. De nuevo exigí que me dijeran cuál era la razón, y pedí una llamada para avisar a mi consulado o a la persona que me esperaba afuera. El tipo me mintió diciendo que ya se habían comunicado con Re para informarle todo lo sucedido, y me recomendó no cuestionar, ni alebrestarme con la autoridad. 

Acto seguido sin avisarme cómo sería el procedimiento, aunque lo peguntara en repetidas ocasiones, me llevaron a una sala en la que unos guardias de seguridad me hicieron quitar los aretes, las pulseras y cualquier accesorio que llevara conmigo, hasta los cordones de mis zapatos; me despojaron también de todos mis accesorios electrónicos y los guardaron en una bolsa, incluso de mis otros documentos, como la cédula, el pase para conducir y hasta la tarjeta débito.

Volvía a Bogotá, eso me lo habían dicho escuetamente sin darme argumentos ni explicaciones, pero: ¿cómo se haría efectivo ese regreso?, ¿a dónde me llevaban?, ¿qué iba a pasar después?, ¿por qué me hacían quitarme todos mis accesorios?, ¿a dónde llevaban mis cosas?, ¿dónde estaba mi pasaporte? Los agentes de migración se desentendieron del tema y se resguardaron en sus oficinas y los guardias, tal cual fueran robots, apenas respondían: “yo no respondo preguntas, yo solo hago inventario de sus cosas”.

Me obligaron a dejar mis demás pertenecías en una silla, y, nuevamente, sin explicarme lo que sucedería, me llevaron a una habitación con media puerta hacia abajo cerrada, y media puerta hacia arriba abierta; ésta, era una especie de celda con algunos colchones para dormir en el piso, por lo menos 6 cámaras que apuntaban a todos lados, y un baño putrefacto. Me encerraron junto a otra chica colombiana, una cubana, y una africana de quien no entendí su nacionalidad. Al frente había otra celda con hombres. Solamente la cubana era consciente de lo que sucedería, porque era la segunda vez que le pasaba, el resto, no entendíamos la razón por la que estábamos encerrados, y no sabíamos cuál era nuestro destino.

La chica nos explicó el procedimiento: “Tienen que esperar a que salga otro avión hacia Bogotá y que tenga puestos libres; no nos dan comida, tan solo agua, y es la aerolínea la que se hace responsable de este alimento y de decidir cuándo se van. Pero tengan en cuenta, que no los dejan comunicarse con la aerolínea, ni con nadie.”

En ese momento no tuve miedo por mí a pesar de tal incertidumbre. Confiaba en que en algún momento, me iban a sacar de ese cuartucho con alguno de los vuelos siguientes y, pretendía pensar, que además de todos los abusos de los que estaba siendo víctima, no podía pasarme nada más grave. Sin embargo la chica cubana me contó, que a su esposo, nadie le había dado explicación la anterior vez de lo que estaba sucediendo con ella. Ninguna autoridad, quiso darle seguimiento ni apoyo a la situación que duró 3 días, hasta que la regresaron a su país. De manera que yo no estaba tan preocupada por mí, como por Re y mi familia; supuse que si yo no había salido a las puertas del aeropuerto, él me estaría buscando y tal vez llamando a mi mamá en Bogotá para saber de mí, pero ella, me había visto pasar migración en Colombia, así que sería como si estuviera en el limbo, como si estuviera desaparecida. Eso, era lo que me preocupaba en ese momento.

Más o menos a las 10 de la mañana, una de las guardias de seguridad me llamó a mí y a tres colombianos más. Me devolvieron todo menos mi pasaporte, y me subieron al avión sin darme el chance de una llamada o un aviso. Interjet, la aerolínea, me dio una bolsa con comida y en cinco horas, estaba de regreso en Bogotá. Al llegar nos llevaron a cuartos especiales, nos interrogaron y nos devolvieron el pasaporte. Un agente de migración colombiana, nos sugirió poner una queja formal en el Ministerio de Relaciones Exteriores y en la embajada de México en Colombia, ya que este no era un caso aislado de devoluciones sin argumentos sostenibles aparentes, sino que al parecer, según el hombre, es un caso sistemático en los últimos meses. En promedio, nos dijo, devuelven a 20 colombianos diariamente desde las fronteras de ese país y, ya hay demandas interpuestas en la embajada de México, ante las situaciones de violación a los derechos civiles, maltrato y devoluciones injustificadas.

Re me contó que nadie le avisó, sino que él se dedicó a preguntar junto con otras familias, lo que había sucedido con los pasajeros. Las autoridades jamás les dieron respuesta, sólo en la oficina de Interjet les dijeron que nos devolvían a Bogotá, pero que no les podían dar las razones del porqué, ni tenían razón sobre nuestro estado. Les sugirieron llamar a la Embajada de Colombia en México, y la respuesta que Re obtuvo de ellos, es que sabían que me enviarían de  vuelta a Colombia, pero no sabían nada de mí. Él no pudo hacer nada, salvo avisar a mi familia para que me esperaran en Bogotá y no se preocuparan, y rogar que todo terminara bien, ante tal angustia por la falta de información.

Al día siguiente le llegó a Re esta información a su correo de parte de la embajada de Colombia en México, lo cuál es una MENTIRA ABSOLUTA:

INADMISIÓN NATALIA MENDEZ SARMIENTO

Buen día reciba un cordial saludo, 

De manera atenta remito la respuesta del Instituto Nacional de Migración, con relación a la inadmisión de la señora NATALIA MENDEZ SARMIENTO el día 14 de abril del presente año: 

“Atendiendo su solicitud de información sobre los motivos de la inadmisión de la persona NATALIA MENDEZ SARMIENTO, hago de su conocimiento que presentó inconsistencias en la entrevista de filtro.. Dichas circunstancias fueron puntualmente informadas a su connacional, así como su derecho a mantener comunicación con su representación consular o persona de su  confianza”

Cordialmente,

Tatiana Salgado Segura

Tras un trabajo de investigación, esta historia y la de otros colombianos que me escribieron contándome que les había sucedido lo mismo, salió a la luz en el periódico El Espectador, te invito a leerla y a hacer parte de esta denuncia para ser escuchados: Colombianos Indeseables en México

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About Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

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