Día 8 . Báncatela

29 de Septiembre de 2015

Existe una expresión que aprendí de mis amigos argentinos que me encanta por su sonoridad, y en especial por el cambio en la posición del acento según el contexto, puede ser “bancÁtela” o la mejor, “bancatelÁ” con una extensión de la última sílaba, en todo caso lo que significa es que “te la aguantes” o en colombiano sería algo así como “pues… de malas”.

Recordé esta palabra en diversos momentos del día porque amanecí decidida a irme para México, a pesar que mi tiquete de regreso es en 10 días. Lo sé, me propuse 17 pero ya me quiero ir, puede ser un acto de cobardía o tal vez uno de sensatez, después del infierno en que se ha convertido este lugar. Me levanté paranoica, destruida y débil. Anoche después del acoso constante puse dos sillas trancando la puerta, nunca apagué la luz y dejé el televisor prendido en ESPN toda la noche, además, coloqué junto a mí el spray para mosquitos en mi mano y un cuchillo de cocina, por si acaso al canadiense se le ocurría tumbar la puerta. Me sentí vulnerable y estaba muy asustada. Aunque hice el intento no dormí, los ojos me pesaban porque había llorado y mi cuerpo no se acomodaba a la almohada, cuando amaneció, me quedé tumbada pensando cuanto quería un tiquete de avión a cualquier lugar, cuánto quería que el vuelo de regreso a Cancún fuera el 29 de septiembre.

Por la manera en que me sentía, las emociones azules y el cuerpo sin responder al llamado del sol, alisté mi mochila y decidí que me iba. Esperé varios minutos impaciente y angustiada en el lobby a que alguien desocupara uno de los dos únicos computadores vetustos del hotel. Cuando al fin entré a la página de Interjet y quise comunicarme con alguien que me hiciera el cambio de pasaje, me llevé la sorpresa de tener el chat bloqueado (por supuesto, estaba en cuba el país de la restricciones), así que lo hice por mi propia cuenta pero no había sillas disponibles hasta el 5 de octubre. Ahora que lo pienso, tal vez tampoco hubiese podido comprar un pasaje con una MasterCard desde Cuba, días atrás conocí a una mujer sudafricana en La Habana que se había quedado sin dinero en efectivo y ninguna de sus tarjetas débito o crédito funcionaba en los establecimientos de comercio ni en los cajeros automáticos por ser de origen estadounidense.

La claustrofobia se apoderó de mí a pesar de estar frente a la inmensidad de la playa, entré en un ataque de nervios y me sentí presa de la Isla. A ver, desde mi perspectiva desesperada se veía así: Estaba sola viajando por una isla de depredadores sexuales, sin ningún otro medio más que el avión para salir hasta dentro de once días, sin fácil comunicación con el exterior y con el dinero escaso como para comprar un pasaje al primer país del mundo que me diera la gana.

Me fui a mi habitación y bufaba como animal enjaulado, estaba angustiada y el hotel se había convertido en la casa del terror, era espeluznante ir al restaurante y ver al mesero hacerme guiños desde el interior,  pasar frente al bar y evadir los gritos morbosos del barman, esconderme del tipo de la cafetería, del bell boy, ni que decir de Henry en la playa y ahora pensaba también en el asqueroso canadiense que buscaba sexo anoche.

Sin mucho más por hacer me miré al espejo y me dije un discurso que abarcó expresiones de tres países diferentes: “No mames Natalia, no atravesaste el continente para dejarte amainar por una manada de pajeros, fuiste tú quien decidió venir sola desde Panamá hasta Cuba y te has repuesto de cuanta pendejada te ha pasado. Ahora saca tu lado chingón y no te dejes del mundo. ¿Querías venir aquí y viajar? entonces BANCATELÁ BOLUDA”.
Báncatela

Salí de mi habitación con 15 sentidos despiertos y un radar que me indicaba “estúpido al ataque”, así comencé a anticiparme. Salí a la playa blanca y busqué una gran roca desolada donde las olas golpeaban por debajo y hacían el estruendo de un trueno. No paré de llorar durante una hora pero las lágrimas ya no eran de angustia, me estaba limpiando y preparando para mi siguiente destino que sería el pueblo de Varadero y después Cienfuegos. Di las gracias por estar en Cuba, por los instantes de aprendizaje y porque con ellos me puedo reconocer como persona y como mujer, estaba saliendo del infierno en el que yo me estaba hundiendo por falta de reacción producida por el miedo, pero una vez superé esa barrera supe que podía protegerme del acoso por persistente que fuera, y sonreí pensando en la razón por la que no encontré una silla en el vuelo La Habana – Cancún. La vida misma también me dijo, “tu puedes, bancatelá”

Este post corresponde a una serie de 17 escritos de Cuba, uno por cada día que estuve en la isla. Para leer el día nueve puedes seguir este enlace: Día 9 . El Espiritual de Cienfuegos 

About Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

Comments 4

  1. LEONOR MENDEZ 13 mayo, 2016
  2. Yismeily 6 junio, 2016

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