El Inamovible Boliviano

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El Inamovible Boliviano

Por | 2016-03-12T20:08:15+00:00 marzo 30, 2013|Bolivia, Suramérica, Viajes|Sin comentarios

El viaje entre La Paz y Copacabana transcurrió en una eternidad, necesitaba buscar un hostal y dormir. No recuerdo el recorrido, tal vez iba dormida o el cansancio me tenía desconectada del mundo, tengo solo recuerdos como fotografías en mi cabeza de ver el Lago Titicaca a lo lejos entre árboles y montañas. Con los ojos abiertos pero la mente dormida me di cuenta que la carretera había llegado a su fin pero aún no estábamos en el pueblo, el bus se detuvo allí frente al Lago y todos los pasajeros incluido el conductor se bajaron. Rabiosamente no quise seguirlos para no llevarme una sorpresa como en La Paz, de todas maneras nadie nos pidió que descendiéramos y nadie nos dio ni una pequeña explicación.

Estar en Bolivia era como estar en otro continente, tal vez así debe ser cuando uno viaja a China o Vietnam y solo habla español, la comunicación es imposible y a veces llega a ser desesperante, sentí que el castellano no era la lengua de ambos pueblos. Desperté a Rodrigo y al igual que yo decidió quedarse sentado cómodamente tal vez esperando que todos volvieran a subir; el bus cerró sus puertas y se puso en marcha sin los pasajeros ni el conductor. “¿Qué pasa? No entiendo” – le dije a Rodrigo. Entre sueños miramos por la ventana y quedamos aún más perdidos, ¡Estábamos atravesando el Titicaca! Todos se habían bajado porque el conductor había estacionado el bus sobre una plataforma flotante que atravesaba el vehículo de un lado del lago al otro y los pasajeros iban en lanchas con chalecos salvavidas. Nuevamente fue un “¿Qué?” y nos echamos a reír, Bolivia era grandioso porque todo era inesperado y hasta absurdo, ¿cómo era posible que no nos avisaran que debíamos bajarnos? me sentía sumamente ridícula y eso me daba más risa. Unos minutos después llegamos al otro lado, los pasajeros volvieron a subir y el bus tomó camino de nuevo hacia Copacabana, desde ese momento quedé despierta para evitar otra sorpresa.

Al llegar nos bajaron casi a las patadas y arrastraron nuestras mochilas, tal vez era la venganza por nuestra “irresponsabilidad y rebeldía” de atravesar en plataforma el lago. Caminamos por las calles del pequeño pueblo ahogados, sobre todo yo, la altura de casi 4000 m.s.n.m me tenía un poco desganada, ya llevábamos más de una semana a esa altura y no podía acostumbrarme. Había escuchado de Ximena, mi prima, quien había vivido varios meses en Bolivia que Copacabana era un sueño, pero igualmente después había escuchado que los bolivianos estaban dejando sus costumbres y habían convertido el pueblo en un lugar apto para el turismo gringo y europeo y así lo pudimos comprobar. Era muy triste, porque lo que conocíamos de Bolivia eran personas que aún mantenían su identidad, por esa razón era especial, no estaban alienados por la globalización como el resto de lugares que habíamos visitado, era como viajar en el tiempo y encontrar un país con identidad y raíces reconocibles. Pero Copacabana estaba lleno de letreros en inglés, restaurantes de comida rápida, italiana, mexicana, peruana, estaba lejos de ser el país que habíamos visto y nos había encantado.
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Titicaca_Cuentos_De_MochilaNos habían recomendado la Isla de Sol, un lugar a pocos kilómetros de Copacabana en medio del Titicaca. Compramos los tiquetes para subirnos a una pequeña embarcación y nos advirtieron que una vez estuviéramos en la isla nos cobrarían unos pocos bolivianos por la entrada para poder caminar por allí y conocer algunas ruinas incas en el camino. Tomamos el barco y empezamos con entusiasmo a navegar por el lago, todos los turistas se veían muy emocionados con el viaje, fotografías iban y venían, sonrisas y ansias de llegar, pero la emoción no duró más de veinte minutos porque la embarcación era extremadamente lenta, la isla estaba a tan solo 15 kilómetros pero parecía que nunca fuéramos a llegar. La gente comenzaba a desesperarse, se levantaban, se volvían a sentar, trataban de dormir para olvidar el tedio del viaje, nos mirábamos entre todos y sin decirlo decíamos “estamos en Bolivia”. Cada detalle de ese país parecía un viaje hacia atrás en el tiempo, por momentos era increíble vivirlo pero había otros en que debía hacer un sobre esfuerzo para divertirme.

Después de dos horas de un viaje que parecía no terminar llegamos a la Isla del Sol y nos recibió con un aguacero. Mojarme casi nunca ha sido una preocupación para mí, alguna vez escuché a un uruguayo en medio de una tormenta en Punta del Diablo gritando a todos los que se escondían del agua “¡la lluvia no derrite!” y estoy de acuerdo. Sin embargo nos recomendaron no salir a caminar hasta que la lluvia parara ya que el sendero era empedrado y podríamos lastimarnos por lo resbaladizo del camino. Haciendo caso nos quedamos bajo el techo de una tienda, compramos el pase de entrada al sendero y vimos caer agua durante una hora. No teníamos tiempo de estar allí, la embarcación volvía a Copacabana a una hora determinada y si no la tomábamos debíamos quedarnos en la isla acampando, parecía un sueño hacerlo a orillas del Titicaca pero no teníamos cómo porque nuestra carpa estaba muy bien guardada en el hostal. Titicaca_Cuentos_De_Mochila Titicaca_CuentosDeMochila2

Cuando empezó a escampar e iniciamos el recorrido, conocimos a un colombo-ecuatoriano que nos acompañó durante gran parte de la caminata y a Marcela, una uruguaya con quien se habían vuelto amigos en el viaje. Al despejar el cielo comenzamos a ver los diferentes colores del lago a medida que se adentraba en las profundidades y el camino se hizo fácil de recorrer. Hablamos durante horas con ellos sobre todo con Marcela que solo podía poner como tema principal que más sino el fútbol, era uruguaya, parece que con ellos no hay una mejor conversación que esta; en algún momento cuando hubo un cambio temporal de tema, recuerdo que le contamos de nuestro viaje a Uruguay y me dijo algo que no se me olvida nunca “Uruguay tiene las mejores nubes del mundo”,  nunca se me olvida porque estando en ese país me sentaba a ver el atardecer o a mirar hacia el cielo en la mañana y las nubes eran diferentes a las que normalmente veía en Bogotá o en cualquier otro lugar en el que haya estado. Frente al mar en Valizas le hice exactamente el mismo comentario a Rodrigo y él solo se sonrió, yo fui bastante insistente con el tema y fotografié varias veces las nubes en diferentes horas del día, cuando Marcela me lo dijo me abrió la curiosidad y aunque no he podido encontrar la razón exacta de esto, entiendo que tiene mucho que ver el gigante Río de la Plata llevando su curso hacia el Océano Atlántico y las corrientes cruzadas en las estaciones.

La Isla del Sol era todo lo que esperaba, un camino solitario sobre la pequeña montaña rodeado de árboles y piedras, el lago Titicaca inmensamente azul en al abismo, laberintos construidos por los Incas hace cientos de años, piedras rituales y vestigios arqueológicos de una vida absolutamente diferente a la nuestra. Era encantador estar allí, percibía cierto silencio inquietante, como si desde el pasado nos observaran, sentía la presencia de algo que no podía ver.Titicaca_Cuentos_De_Mochila

A veces no hacer planes no resultaba del todo bien, si hubiésemos sabido que podíamos acampar en la isla sin duda hubiéramos pasado un par de noches bajo las estrellas, sin embargo no lo averiguamos y por eso debimos hacer el recorrido rápido para llegar a las cuatro de la tarde al otro lado de la montaña y esperar la embarcación de regreso. La caminata  fue de paz y plenitud hasta que en medio del sendero nos pararon unos indígenas que viven en la isla para pedirnos dinero en una especie de peaje, hicimos hincapié por supuesto en que ya habíamos pagado la entrada, mostramos la boleta y nos advirtieron que a quienes les habíamos pagado eran de una tribu y ellos de otra, que una parte de la isla era de ellos y la otra de otros, de manera que para poder caminar por “su pedazo de isla” debíamos pagar  30 bolivianos más.  Bolivia por momentos dejaba de ser tan interesante, me molestaba que cada paso que daba lo cobraran, entiendo la importancia de aprovechar el turismo pero el abuso de esta oportunidad es desastroso. Sin dar pelea pagamos lo que nos pedían para poder continuar y con cero bolivianos en el bolsillo seguimos caminando con prisa porque faltaba muy poco para la hora límite, si perdíamos el barco sería terrible ya que no teníamos dinero para hospedarnos ni para comer, casi corriendo debimos hacer el último tramo de la isla, toda la armonía y la paz se quedaron atrás.

Cuando estábamos a un par de minutos de llegar a la embarcación, vi frente a mí unos turistas peleando y sacando dinero de sus bolsillos, no lo podía creer ¿nos iban a cobrar de nuevo?, así era, un indígena estaba parado sobre el sendero y no me dio paso.

–  Tiene que pagar para poder caminar esta parte de isla- me dijo.

–  Pero señor ya he pagado dos veces

–  Pues la robaron.

Todos los turistas estaban alterados por la situación, cómo era posible que simplemente para caminar por un sendero en una isla ¿nos sacaran del bolsillo tal cantidad de dinero? En realidad la suma era insignificante, pero el hecho de sentirnos tal vez robados o engañados era el motivo para pelear. El caso es que todos los turistas por más de mal genio que estuvieran terminaban pagando el paso para poder llegar a las embarcaciones, Rodrigo y yo no porque no teníamos un solo boliviano, ya lo habíamos gastado en el anterior “peaje” inesperado y Marcela se había quedado atrás así que no podría ayudarnos.

-Señor por favor, no tengo nada y la embarcación sale ya

– Le toca devolverse

– Señor por f…

– Devuélvase, no va a venir a robarme.

– Pero…

– No puede pasar.

No había poder humano como se dice, que convenciera a esta persona de dejarnos pasar, le mostré mi billetera, mis bolsillos, se lo supliqué, pero este hombre parecía un cassette rayado y no había manera de hacerlo cambiar de parecer.

Faltaban cinco minutos para las 4 y yo seguía tratando de razonar con este personaje, ya me imaginaba congelándome a las orillas del Titicaca y con los ácidos gástricos carcomiendo mi estómago por el hambre. Como una luz bajada del cielo tal cual película de Semana Santa apareció un colombiano:

-¿Está todo bien?

– No, nos quieren cobrar y no tenemos como pagar.

– ¿Otra vez están cobrando?

– Esa es la misma reacción que tenemos todos.

– Todo bien “parcera” yo les presto.

Y con rabia, el boliviano nos dejó pasar.

Salimos corriendo hacia la embarcación que estaba a punto de salir, le pedí al colombiano – Andrés era su nombre – que nos encontráramos en Copacabana para pagarle pero me dijo que no, que había sido una ayuda sin esperar nada a cambio. No lo volví a ver después pero me alegra inmensamente que en ese momento haya aparecido.

Acerca de Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

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