El Mundo Se Achicó

El Mundo Se Achicó

Por | 2016-03-12T21:24:20+00:00 septiembre 28, 2014|Pensamientos Viajeros, Reflexiones|Sin comentarios

Bogotá se había convertido en todo mi universo, me ayudó a olvidar durante más de un año que el mundo es tan grande como pequeño. Allí en mi burbuja de 3 x 3 metros, disfrutaba descaradamente del confort, la tranquilidad de mis comidas, mi cama caliente y el saludo diario de mi familia, más los desayunos frutales de mi mamá. Me estaba quedando atrapada y cobijada tan amablemente que ya no quería salir.

Afuera, una ciudad hostil estaba siempre a la espera como un depredador audaz ante cualquier descuido, cualquier segundo para agarrarme y no soltarme más. Tengo una extraña sensación de nostalgia por esa hostilidad cómoda, por los embotellamientos incontrolables encerrada en un autobús renegando cada segundo mientras pegada a mi MP3, intentaba relajarme con los sonidos estruendosos de la batería de un rock o la guitarra de un blues. Extraño hasta la competencia desleal y cochina de los “éticos” diseñadores gráficos intentando arrebatarme cada centavo, cada trabajo. Así estaba bien, así me enseñaron que es el mundo, el mundo me enseñó que así es el mundo.

Olvidaba cada día cómo era un viaje, uno como en el que me embarqué ahora. Pasaba, solo pasaba sin entrar frente a las agencias de turismo con sus carteles en las ventanas; primero criticaba el diseño porque es una costumbre de quienes lo estudiamos creyéndonos con la razón absoluta solo porque nosotros lo decimos, luego veía los precios de excursiones a Cancún, a La Habana, a París, por mil y dos mil dólares, 5 días, 7 días y hasta ridículos 3 días, así el mundo comenzó a volverse gigante. ¿Cuándo iba a tener mil dólares para escaparme a Cancún? ¿Cuándo los tuviera no era mejor seguir ahorrando para comprarme mi primer auto? Me enganché, me cobijé en los cerros bogotanos y empecé a adormilarme sin darme cuenta.

Me reía de mis propios sueños viajeros, de conocer las sabanas africanas, de probar la pastelería francesa y de descalzarme en el Taj Mahal. El planeta es grande y el dinero no alcanza, no alcanza ni para probar la pastelería bogotana, pensaba encerrada en mis cuatro paredes físicas y mentales.

¿Que si era feliz? Si, si lo era y siento que lo soy porque a pesar de los obstáculos todo lo que hago es con el corazón. Cuando algo no me gusta, cuando no me siento cómoda prefiero moverme y cambiar. Me aburren los círculos así que los rompo, por eso soy todo y tal vez nada; soy pastelera, soy diseñadora, soy mochilera, soy artesana, y si me quedara solo en uno por siempre querría escapar. He escuchado más de una vez que eso sucede entre los 20 y los 30, pues a mis 28 lo estoy viviendo y espero me dure hasta los 40 cuando físicamente no pueda cambiar más, o mejor, espero que suceda cuando eso me haga feliz así sea a los 29 o a los 60. Entonces sí, si era feliz así atrapada en la ciudad, un romance maltratador pero con abrazos reconfortantes. “Sos un bicho de ciudad” me decía un amigo. Y sí, defendí mi estilo de vida aferrándome a la cotidianidad, lo defendí hasta el cansancio, hasta aburrirme, hasta darme cuenta que ya no me hacía feliz.

¿Y ahora? Es una cruel y hermosa inconsistencia de no saber qué se es y qué no, de querer todo y nada, de amar los antónimos, la comodidad y la incomodidad, la ciudad y la naturaleza, la compañía y la soledad, la seguridad y la incertidumbre. ¿Y ahora?, ¡Ahora es ahora! Si en un momento soy feliz metiendo galletas al horno y tres meses después en la playa vendiendo artesanías lo hago. El mañana, ya veré que hago mañana. No es fácil romper el círculo pero lo hice y me fui.

Estoy ahora en otro lugar, otros mundo me cobijan, no suelto lo anterior porque quiero regresar, no dejo lo de ahora porque es lo que quiero ahora. Ya no necesito mil dólares para llegar a Cancún, o tal vez si los necesito pero ya no lo siento como un desgarro económico, no tengo posesiones materiales, no soy dueña, no soy empelada, no soy nada que no quiera ser. Cancún, Francia y África están acá, en mis sueños, a la esquina. Hablo de México como si estuviera a pasos y me convenzo de conocer Cuba y por qué no, Jamaica y hasta lo que nunca me antes me interesó como Estados Unidos y Honduras y pregunto cómo llegar a Belice como preguntaba que bus tomar para llegar a 50 cuadras de mi casa.

He conocido en solo unos días de viaje a Fran que lleva 7 años viajando en bicicleta y solo le falta pisar África, a Florian que lleva 7 meses recorriendo América y conozco a Natalia, la chica que hace un mes estaba encerrada en su casa creyendo que el mundo era demasiado grande, y ahora ve tan posible conocer Centro América y el Caribe, como lo era caminar hasta la tienda de la esquina.

Acerca de Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

Acerca del Autor:

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

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