La Pulpería de Lucita

Tras varios meses viajando en compañía, logré desapegarme y pasar la frontera entre Costa Rica y Nicaragua solo con mi mochila. No era la primera vez que sucedía, que un lugar me invitara a ser visitado por la letra de una canción, pienso que si inspira a alguien a escribir alguna magia debe tener. Así fue con San Juan del Sur y la Pulpería de Lucita, sus playas y sus gringos borrachos con un cuartito de ron.

“Es una canción para Lucita,
espéreme en la playa de San Juan del Sur.
Es una canción para Lucita, para recordar,

aquellas veladas echando a patadas
a los que no sabían beber”

Desde que tomé un taxi en la frontera de Peñas Blancas con destino a San Juan, comencé a preguntar por Lucita pero nadie me daba información. Pregunté en el hostal, a los artesanos, a los tenderos, pero todos respondían con una mirada fría y un silencio divertido, me caía en gracia parecer una demente preguntando por un lugar que tal vez solo existía en la letra de una canción. Sin embargo, al fin en el mercado una mujer que me sirvió algunas tardes un almuerzo típico de Centro América, me dio las indicaciones para conocer a Lucita y su pulpería. Emocionada salí con prisa a la esquina indicada tratando de detener mi falda que el viento impetuoso intentaba levantar y me encontré perdida, no había ninguna Lucita y ninguna pulpería. Estaban jugando con mis ilusiones.

Mi objetivo principal de San Juan se había esfumado y decidí aprovechar mi estadía de una manera menos ridícula. Así recorrí la pequeña playa solitaria en las primeras horas de la mañana cuando el sol no quema y el calor no es abrazador. ¡Me sentía tan feliz! Jugué con la arena mojada entre mis pies, los ensuciaba una y otra vez para luego salir corriendo a limpiarlos al mar helado, tranquilo, sin olas y con muchos botes aguardando navegantes. Me reía sola, todos mis pensamientos eran encantadores, estaba en Nicaragua, estaba sola, estaba en la playa, estaba enamorada de la vida. Entre tantas sonrisas, vi a lo lejos un bote en la arena, azul, rojo y blanco, lejos del agua, lejos de todo.
La Pulpería de Lucita

La Pulpería de Lucita Al primer instante se me ocurrió una foto, una repetitiva foto podría decir, hay muchas, hay cientos de esas por ahí. Me acerqué entonces a él y curioseé su formas, su interior, las telarañas de sus asientos, me alejé y lo fotografié sin ganas, en la pantalla de la cámara salió cualquier cosa y me fui, no me había atrapado. A su lado, había un botecito más llamativo solo por el hecho de estar volteado. Me senté ahí, inspeccioné un poco, intenté dejar de correr como loca por la playa y relajarme pero no lo logré, el gran bote comenzó a llamarme de nuevo.

Como si fuese una persona, atendí a su sonrisa y con timidez lo toqué y me senté a su lado recostando mi espalda para resguardarme del sol. En menos de 60 segundos me levanté, no cabía tanta energía proveniente de la felicidad en mi cuerpo, estaba hiperactiva. Me reí de mi misma y de mi intensidad con la playa, con la arena, con el bote y hasta conmigo, entonces pegué un brinco para montarlo, uno pequeño por si este quisiese voltearse no me fuera a dar contra el suelo tan duro pero no lo logré, brinqué, brinqué más alto y lo logré, me subí a la proa y no resistí la tentación con más confianza, de sentarme en sus tablas, abrazarlo y acostarme sobre él mirando el cielo. Permanecí inmóvil solo 5 segundos y con desespero le prometí que volvería unas horas después, no porque no quisiera estar ahí sino porque quería llevar un arsenal de contemplación.

Salí corriendo al mercado y compré un almuerzo con gallo pinto, luego fui al hostal y agarré mi mp3, el pareo y ansiosa evité charlas y personas para llegar rápido al reencuentro. Allí me estaba esperando, fiel, también quería conocerme. Abrí la caja de mi almuerzo y lo compartí, le conté mis historias de viaje y jugué a resguardarme en su interior como si fuera una navegante cada vez que una oleada de viento arrastraba la arena y golpeaba mi piel con fuerza. Cantamos, nos reímos y al final le confesé que quería conocer la Pulpería de Lucita, el bote me pidió que le enseñara la canción y nuevamente la escuché y la canté, solo que esta vez con risa, con mucha risa, me di cuenta de una frase a la que no había prestado atención: “…En la Pulpería de Lucita, frente a la laguna de Masaya…” así me percaté que debía tomar un bus durante dos horas para encontrarla en ese pueblo nicaragüense que luego conocería.

San Juan del Sur Cuentos de MochilaLo que Bunbury quiso decir en la canción, es que esperaba a Lucita en las playas de San Juan del Sur, no que allí quedaba la pulpería. Me alentó al menos saber que si quedaba en Nicaragua. Con la risa de la estupidez a flor de piel sin la vergüenza de sentirme estúpida, le di gracias al bote por la agradable tarde y caminé por la playa despidiéndome de la bahía también.

About Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

Comments 18

  1. Davidoovich 4 mayo, 2016
  2. Josue Delgado 13 agosto, 2016
  3. david 3 octubre, 2016
    • Natalia Méndez Sarmiento 6 octubre, 2016
  4. jonathan 12 octubre, 2016
  5. Isaias Velazquez 4 enero, 2017
  6. Isaias Velazquez 4 enero, 2017
  7. Victor Gonzalez 24 febrero, 2017
  8. Ivan Iturbe 26 marzo, 2017
    • Natalia Méndez Sarmiento 27 marzo, 2017
  9. Daniel Siria 12 abril, 2017
    • Natalia Méndez Sarmiento 17 abril, 2017

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