Mi Primer Autostop

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Mi Primer Autostop

Por | 2016-03-12T16:52:53+00:00 noviembre 25, 2012|Argentina, Suramérica, Viajes|Sin comentarios

La práctica del autostop supuso un desafío para mi paciencia en las rutas argentinas, testigo de novatadas entre las provincias de Córdoba y Mendoza, al pararme por primera vez en la ruta y tomar un auto, simplemente, fue un desastre.

Desde las siete de la mañana estuvimos sentados en una estación de servicio cercana a Río Cuarto, con un sol abrazador y un calor insoportable. Debajo de la sombra, esperábamos a camioneros y personas en auto para pedirles ayuda, con la intención de llegar a Mendoza que estaba a más de 400 kilómetros. Era la primera vez que Rodrigo y yo hacíamos autostop, por lo que supongo cometimos una cantidad de errores que dejaron como saldo mucho cansancio, combinado con un poco de frustración.

Con una sonrisa de oreja a oreja me acercaba a las personas y les preguntaba por su ruta, a veces con cara de desconfianza, otras veces con amabilidad y otras tantas de manera cortante me respondían que les gustaría ayudarme pero no iban por hacia ese lugar, no tenían cupo en el carro o simplemente un no rotundo.

Nos habían hablado sobre viajar en camiones pero en esa estación no se detenían a menudo, en cuatro horas que estuvimos allí solo llegaron un par; cuando les pedí el favor, me senté a hablar con ellos y me contaron que hace muchos años habían dejado de recoger personas porque se había vuelto peligroso, los dopaban, les robaban el camión, el dinero, incluso me hablaron de una banda de ladrones conocida en la ruta como “los mochileros”, quienes se hacían pasar por viajeros para cometer el robo. Los que no tenían miedo de las bandas atracadoras, temían al jefe por los sistemas de protección satelital ubicados en cada camión.

Después de cuatro horas y muchas negativas nos estábamos rindiendo, hasta ahora era medio día pero no queríamos arriesgarnos a que la noche nos sorprendiera en la mitad de la ruta. Casi como un espíritu enviado del cielo o algo parecido, llegó un señor en una camioneta y se acercó a nosotros, en la mañana yo había hablado con él. Nos preguntó si aún necesitábamos ayuda y nos invitó a subir a su auto, pero con la advertencia de ir por otra carretera diferente a la que teníamos pensada, sin embargo esta nos acercaría a Mendoza. Sin pensarlo dos veces y con la esperanza renovada por haber logrado que nos llevaran a algún lugar diferente, nos subimos al carro y recorrimos unos 100 kilómetros contándole nuestra historia y él a nosotros la suya, incluyendo viajes a Cartagena y Medellín. Después de una hora y media de recorrido nos dejó en otra estación de servicio en medio de campos agrarios con la ruta al frente.

Pasamos mucho tiempo allí, el calor seguía siendo insoportable y la comida que llevábamos no parecía suficiente, muy pocos camiones llegaban y todos nos repetían la misma historia de los sensores satelitales y los robos, y las personas de carros particulares que nos escuchaban regresaban de Mendoza o no podían ayudarnos. No tengo idea que cara teníamos o como nos veía la gente pero una persona nos regaló comida y agua. No era la primera vez que sucedía, ya en Buenos Aires y Rosario pasaban frente a nuestro parche y nos regalaban algo de comer, por lo general eran amables, sin embargo recordé una vez en Buenos Aires parchando en el Obelisco, a una señora que se acercó a mí a regalarme comida y mostrarme un folleto de la Biblia, amablemente le di a entender que no me interesaba y sus palabras fueron “hija, deberías acercarte a Dios para que puedas comer, conseguir un trabajo de verdad y salir de la miseria de la calle”. ¿Miseria de la calle?, solo me senté a reír, pensé en sus palabras y traje a mi cabeza imágenes de comer cantidades exorbitantes de facturas, frutas y empanadas todos los días que me subieron 5 kilos, de vivir con mis amigos en un lindo barrio de Buenos Aires y de repensar en la razón por la que no estaba en una oficina en Bogotá, sino vendiendo artesanías en las calles argentinas. Son solo prejuicios basados en lo que se supone está bien o mal hacer, o aún peor, en lo que debemos o no tener.

Insistimos casi hasta las cuatro de la tarde y la paciencia se perdía con el horizonte, en algún momento una artesana nos dijo que para hacer dedo debíamos tener la pasión o sino sería mejor tomar un colectivo. Todavía estábamos por lo menos a 300 kilómetros de Mendoza y la noche amenazaba con llegar. Luego de quince o veinte personas a quienes les pedimos ayuda apareció otro señor en una gran camioneta a quien le hablé y le pedí que nos recogiera, el solo iba hasta un pueblo a otros 100 kilómetros llamado Justo Daract, cerca de Villa Mercedes, un lugar donde salían muchos viajeros hacia Mendoza y tal vez sería más fácil que nos recogieran. Aunque no era el camino completo, preferimos subirnos para llegar a un pueblo y poder hospedarnos en algún lugar.

Una hora y media fue lo que nos gastamos hasta el pueblo, no tengo claro cómo funciona mi cerebro si es falta de memoria o de atención, pero no puedo recordar el nombre de esta persona que nos dejó en el terminal de Justo Daract y se fue. Miramos hacia todos lados y era un lugar muy pequeño y desolado, además, quedaba lejos de la ruta para hacer dedo y ya eran las seis de la tarde. ¿Tenemos la pasión? ¡NO! y decidimos renunciar.  Es agotador y frustrante la tarea de pedir durante diez horas que te lleven a un lugar y no avanzar lo necesario. He escuchado muchas personas que adoran ese plan, así como otras que prefieren ahorrar lo suficiente para tomar un bus; ese día preferimos ser del segundo grupo, de manera que compramos pasajes directos a Mendoza en colectivo que saldría un rato después. Le dimos la vuelta al pueblo pero fuimos incapaces de caminar más de diez minutos, hacía calor y estábamos como se utiliza coloquialmente la palabra “mamados”, solo soñábamos con Mendoza. Nos sentamos en un parque a mirar el cielo y tomar fotos sin sentido mientras era la hora de partir.

Autostop_Cuentos_De_Mochila

Entrada la noche tomamos el bus y llegamos a nuestro destino en la madrugada. No queríamos pagar una noche innecesaria de hostal ni caminar calles enteras sin saber a dónde ir, así que nos atrevimos con el cansancio que teníamos a dormir en el terminal. Tomamos un par de sillas como nuestra cama y nos turnamos durante la noche para cuidar las maletas, hubo un momento en el que los dos nos quedamos dormidos pero yo había tenido la precaución de guardar todo debajo de las silla y amarrármelo al pie, sin embargo Rodrigo no sabía y se despertó sin ver absolutamente nada, me despertó de un brinco y alcanzó a pensar por un instante que estábamos realmente en la miseria. Después de eso, no volvimos a dormir.

A las cinco de la mañana se acercó un policía y de un solo grito nos pidió que nos levantáramos, acto seguido salió con una sarta de idioteces amenazantes que incluían cárcel por haber dormido supuestamente durante la última semana en el terminal. No sabía si reírme o ponerme de mal genio, solo estábamos esperando a que amaneciera, ¿qué más podría desear en ese momento que haber dormido en una cama?

Acerca de Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

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