Mis Tres de Punta del Diablo

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Mis Tres de Punta del Diablo

Por | 2016-03-12T18:45:21+00:00 enero 30, 2013|Suramérica, Uruguay, Viajes|Sin comentarios

Desde el instante que llegué adoré Punta del Diablo, a pesar de tan repetitiva pero amable pregunta de uruguayos y argentinos conocedores del norte colombiano “¿Qué hacés en estas playas si tenés el caribe?”, refiriéndose a la incomparable belleza del Océano Atlántico en dos puntos diferentes del globo. Sin embargo no era el mar el que me enamoraba, sino poder trabajar en un lugar como este. Nuestra “oficina” era una calle en medio de restaurantes que conectaba la playa con el pueblo, por donde pasaban todo el tiempo personas amables y sonrientes.

Empiezo hablando de LAS PERSONAS  que conocí:

En un viaje así, no es necesario ser la persona más extrovertida o permanecer mucho tiempo en un lugar para hacer amigos temporales, esos que la vida nos pone en el momento justo para ayudarnos y después desaparecen como llegaron. Sucedió con María y Andrés, una joven pareja porteña que vendió artesanías junto a nosotros durante un mes, ella era diseñadora gráfica e ilustradora, había trabajado en un agencia de publicidad y luego como freelance, pero decidió que aunque amaba su carrera no estaba dispuesta a soportar el maltrato de algunos clientes o la rutina de oficina, así que decidió hacer joyas y venderlas en la feria de San Isidro en Buenos Aires, viviendo de algo que realmente la hiciera feliz. La razón por la que siento que la conocí es porque la vida me puso un ejemplo al frente para sentirme identificada y darme cuenta que mi idea de vivir para ser feliz así estuviera lejos de mi carrera, no era tan descabellada. Por su parte, Andrés “el economísitco”, era un economista quien se vio envuelto en graves crisis y problemas de los cuales solo pudo salir a través de la espiritualidad; abandonó la corbata y se dedicó al estudio de las piedras como medio de sanación, por lo que sus joyas pasaban de ser un accesorio a ser objetos energéticos actuantes sobre los chacras y demás cuestiones del cuerpo que no son evidentes para los ojos.

Del otro lado de las ventas estaba Ariel vendiendo camisetas, un porteño más de los que tanta alegría me causaba escuchar por su nacionalidad. En el poco tiempo que compartimos supe qué hacía mandalas elaborados a mano y los vendía, era profesor de yoga, malabarista en los semáforos y no sé cuántas cosas más. Sentarme a hablar con él me llenaba de buena energía y escucharlo era una reivindicación de mi proceso personal hacia un cambio interior. Ariel no presionaba la vida sino la vivía, todo para él había pasado porque así tenía que ser y lo que él quería que pasara si no sucedía era porque no le convenía, siempre sonreía y jamás se veía preocupado. En este viaje tuve muchos maestros, grandes enseñanzas no llegaron solas sino a través de personas que vivían la vida diferente a mí, sin tantas preocupaciones mundanas, sin tantos prejuicios. Algo de cada persona que conocí quedó en mí.
Punta_Del_Diablo_Cuentos_De_MochilaLAS LUCHAS

Pasaron algunas semanas y el pueblo comenzó a quedarse solo, los turistas volvían a casa y ya no teníamos a quien vender. Yo no quería irme de Punta del Diablo porque aún no sentía que fuera el tiempo de tomar camino a Colombia. Después de seis meses viviendo como nunca lo imaginé y conociendo lugares soñados, ¿A qué iba a volver. Estaba haciendo lo que siempre había querido sumado con toques de suerte y felicidad. No queríamos arriesgarnos a gastar el dinero con el que contábamos para el viaje de vuelta pero había una solución alterna a vender en la calle para poder seguir disfrutando las inmensas playas uruguayas: “manguear”, que en lunfardo  -la jerga del mundo del tango de Buenos Aires- significa pedir limosna, sin embargo en el mundo de los artesanos significa tomar la mercancía y ofrecerla a las personas, no esperar a que las personas lleguen al “parche”. Le tenía terror a esa palabra, desde Bogotá mi “profesora de ser mochilera” me había dicho que cuando las cosas se ponían duras en las ventas la única opción era manguear o no comer; todo ese tiempo había pensado que nunca lo haría por vergüenza, entraba casi en pánico y me temblaban la piernas de solo pensar en el hecho de sacar a una persona de sus pensamientos para intentar venderle un producto. La mayoría de artesanos comenzaron a irse de Punta del Diablo porque ya no llegaban los turistas, en el camping cada mañana al despertar, asomaba la cabeza entre la cremallera de la carpa y cada día veía como había menos personas y las calles ya no eran como antes. Un día salimos y nos encontramos absolutamente solos vendiendo, Andrés y María se habían ido a otro lugar de Uruguay a conseguir piedras y luego regresaban a Buenos Aires, y Ariel había emprendido camino hacia Brasil. Unos pocos desconocidos que se quedaron nos decían que en unas semanas llegaría el carnaval y que debíamos esperar porque otra vez el pueblo se llenaba de gente. Pero, ¿cómo esperar en un lugar desolado? Me repetía siempre la repuesta para convencerme de hacerlo: mangueando.

Tuve varias luchas en mi estadía en Punta del Diablo, la primera fue superar el miedo a la poca protección que podía proveerme una carpa frente a una tormenta que duró dos días seguidos y no nos permitió asomar nuestras narices a la calle. Nos mantuvimos encerrados en nuestro nido, arropados con los sleeping y cobijas porque hacía frío a pesar de los demás días con 30 grados, escuchando el crujir del viento contra la sobrecarpa que debimos amarrar a pesados troncos para que la tormenta no se la llevara y sintiendo la torrencial lluvia acompañada de rayos que nos regalaban segundos de aterradora luz y truenos que me hacían resguardarme en las cobijas, como si necesitara alguna protección contra el sonido de estos. La segunda lucha fue contra la paranoia a ser picada por alacranes que se resguardaban entre la arena y la carpa y nunca entendimos cómo, pero dormían con nosotros; por suerte fuimos buenos compañeros y no nos hicimos daño, pero no dejaba de ser aterrador levantarse a doblar los sleeping y ver un alacrán amenazándonos con su cola por atrevernos a sacarlo de la carpa. Sin embargo las tormentas y los alacranes fueron fáciles de vencer comparados con la tercera lucha que tuve: derrotar el ego. “No importa que piensen de mi”, me dije mientras buscábamos un palo con Rodrigo y colgábamos tobilleras en él para manguear.

-¿Quién va, tu o yo? – le pregunté a Rodrigo.

– Si quieres voy yo – me respondió con esas ganas internas de que fuera yo quien tomara la iniciativa.

– No te preocupes, yo voy.

Me levanté y las piernas me temblaban, comencé a caminar con el palo lleno de artesanías colgando hacia la playa llena de personas, -aunque el pueblo estaba solo las playas estaban a reventar- y me sumergí entre la gente pero no era capaz de hablarles. “El que piensa pierde” me dije, y en ese momento gané la tercera lucha.

-Hola chicas que tal, les ofrezco tobilleras y manillas como las que llevo puestas – dije con una sonrisa.

No me di cuenta el momento en el que fui capaz de vencer mi miedo y mis prejuicios y lanzarme a vender, si lo hubiera pensado un rato seguramente no hubiera dado el primer paso, pero ¿qué me podía pasar? Además de ignorarme o decirme que no querían comprarme todo iba a estar bien. La primera vez fue la más difícil, de ahí en adelante los siguientes veinte días ya me hacía falta ir a caminar por la playa ofreciendo artesanías. Comencé a disfrutarlo, ya me conocían como la “chica de las tobilleras” y buscaban nuestra venta para comprarnos más. El éxito de manguear fue tal, que los últimos 15 días nos levantábamos muy temprano a hacer veinte tobilleras y en la tarde caminando las vendía todas. Había días en los que no sabía si era bueno vender o no porque tenía la claridad que al otro día me tocaría levantarme a tejer como una araña toda la mañana. Fue otro de mis logros personales poder vencer la timidez y el ego.Punta_Del_Diablo_Cuentos_De_Mochila

Punta_Del_Diablo_Cuentos_De_MochilaLOS AMULETOS

Manguear y parchar me regalaron pequeñas alegrías que no estaban relacionadas con la remuneración monetaria, sino con las personas que admiraban mi trabajo. Frente a la venta durante varios días pasó una niña de cinco años a quien el papá le compró un tobillera que hicimos especialmente para ella y sin importar que tan lejos estuviera, me veía y gritaba “hola Naty” mientras se sentaba junto a mí a mostrarme  las manillas que en el colegio le enseñaban a tejer. También conocí a Lily Bianchi, una mujer argentina que estaba de paseo con su hija. Una tarde mangueando me acerqué a ella y mostró gran interés por ver mi trabajo pero no tenía dinero para comprarlo. Le regalé una manilla a su pequeña y nos sentamos a hablar durante largo tiempo, era diseñadora, como yo, lo que nos dio tema ese día y el resto que nos encontramos. Pasaron algunas tardes en las que no volví a verlas hasta que un día me buscaron para despedirse. Su hija, en un gesto de profundo cariño que no voy a olvidar, me regaló una pulsera que hizo durante una noche entera especialmente para mí y me pidió que no me la quitara. Otro objeto además de Curioso el gnomo, regaló mi mamá,  que se convirtió en mi amuleto.Punta_Del_Diablo_Cuentos_De_Mochila

 

Acerca de Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

Acerca del Autor:

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

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