Siete días en San Andrés

Nunca había sentido tanta inquietud de aterrizar como el día que llegué a San Andrés. La isla era tan pequeña, que por la ventanilla no se veía la pista de aterrizaje aunque estuviéramos a punto de llegar. Solo se veía el mar y las luces de la ciudad brillando en la superficie, parecía que estuviéramos flotando en el agua.

Me sentí en otro país, como si no fuera Colombia. Llenamos algunos papeles, tal cual los llenan los extranjeros en cualquier migración. Especificamos el tiempo de estancia y el hospedaje. Teníamos 90 días para estar en la isla, pasarnos del tiempo, aún yo, siendo colombiana, sería motivo de expulsión.

Geográficamente el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, queda a pocos kilómetros de Nicaragua y a muchos de Colombia. No entraré en temas históricos o de tratados internacionales, pero ahora puedo contestar lo que algunos, que no han ido a la isla, se preguntan – yo también lo hacía-:  ¿allí se sentirán colombianos? Sí, aunque estén tan lejos, van y vienen por su país, lo conocen y se identifican. Podría decirse que viven el extremo norte de Sur América, pero un lanchero aclaró: “somos colombianos y centroamericanos”


Queda muy cerca a la parte continental de Nicaragua

Es una isla feliz… ya sé que suena un poco cursi pero es que nadie parece preocupado, y si lo están lo saben disimular. Los paquetes turísticos están en cada esquina, pero nadie te persigue por vendértelos, ni por hacerte trenzas en el pelo o por venderte collares de coral. Lo gritan pero no te acosan, viven del turismo pero no se desesperan por sacarte el dinero.

Allí se puede viajar con mucho o poco, no es tan costoso como suelen decir, excepto el helado medio derretido de una sola bola, que me comí varias veces caminando por la calzada peatonal, donde empezó la aventura de conocer San Andrés:

EL MAR DE LOS SIETE COLORES

Barreras bajas con pequeños baldosines de colores, que forman figuras, separan la calzada de las playas pequeñas. La mayoría de la isla está bordeada por piedra, así que las extensiones de arena no tienen una gran longitud.

Había algo de sargazo. ¡Me persigue esta alga marrón! cada vez que llego al Caribe allí tiene que estar como en las playas de Tulum. Ignorando estos incómodos nudos de algas, la arena es blanca y suave.

El mar es una encanto multicolor -o multitonal- que se enciende al salir el sol. Lo llaman el mar de los siete colores, aunque a veces pareciera con muchos más: parches verdes, blancos, azules oscuros y cianes, se extienden alrededor de San Andrés. El agua es tibia y calma, y la brisa – al menos por los días que estuve allí – pega fuerte contra las palmeras disipando el calor.

➙Es cierto que las playas no son muy grandes, sin embargo hay espacio de entrar al agua y tomar el sol en la arena, sin sentirse aprisionado.

¿HAY ALGO POR HACER?

En cada esquina ofrecen tours y actividades: noche de rumba en un barco, visita a los cayos cercanos, transporte hacia la isla de Providencia, caminatas en el fondo del mar, buceo, kayak en un manglar, windsurf… en fin, hay muchas opciones. Con Dani (viajaba con una amiga) optamos por el tour del Acuario y las mantarrayas.

Salimos en una lancha a navegar por los alrededores de la isla. Aunque las nubes opacaran el sol, se distinguían claramente las diferentes tonalidades del mar bajo la lancha. Eran más turquesas o más oscuros de lo que se veían en la orilla. Navegamos junto a barcos oxidados, el lanchero decía que eran embarcaciones abandonadas o incautadas, que estaban allí esperando a ser convertidas, con el tiempo, en arrecifes coralinos gracias a la acción de la naturaleza.

Nos fuimos adentrando en un manglar: árboles frondosos con sus raíces bajo el agua, ostiones pegados a los troncos, agua calma, verde esmeralda, que solo se movía por las olas que generaba la lancha. Parecíamos haber entrado a otro mundo en un instante. Si antes estaba metiendo las manos al agua, en ese momento preferí no hacerlo, probablemente, como todos los manglares, estaba cundido de animales. Pregunté cuál era la fauna y el hombre me dijo que tan solo había boas entre las enramadas… ya con eso era suficiente.

Al salir de esa repentina calma inquietante,  navegamos de nuevo por el mar azul oscuro, muy profundo, hasta llegar a una especie de explanada natural de arena, donde el agua llega a los hombros. Allí hay docenas de mantarrayas que se pueden ver incluso sin hacer snorkel por el agua transparente.

Bajar fue lo más difícil: “no griten ni salten en la arena porque no queremos accidentes”… Cada vez que veía una matarraya cerca me repetía: “no gritar, no saltar, no gritar, no saltar”. Una vez metí la cabeza en el agua el susto desapareció. Pasaban muy cerca pero no se inmutaban, eran muchas, parecía que estaban acostumbradas a recibir visitas humanas todos los días.

La tarde finalizó en el “Acuario”, un lugar natural al lado de un pequeña isla donde se puede hacer snorkeling. Había muchísimos peces y de variados colores y formas, al igual que las mantarrayas, no se movían para esquivar piernas humanas. La corriente tenía algo de fuerza, si me dejaba llevar por ella por ir tras un pez, debía hacer un gran esfuerzo por nadar de nuevo hacia la orilla.

➙ Las excursiones se consiguen en pequeñas oficinas o incluso en la calle. Los precios son muy similares, aunque los más económicos son los de la Cooperativa, la encuentran en una cabaña amarilla justo en la playa.

➙ Hay excursiones desde $15.000 (5 USD) en adelante, también ofrecen paquetes para hacer varias salidas en un solo día.

UNA VUELTA A LA ISLA

A las 10 de las mañana salimos del hostal en un carrito de golf que alquilamos. La idea era darle la vuelta a la isla e ir haciendo diferentes paradas.

Valió la pena hacerlo, lo recomiendo. En este recorrido vimos el otro San Andrés, donde viven los lancheros que nos llevaron a las excursiones, las señoras que nos cocinaron el arroz con coco para el almuerzo, y donde nos devolvieron en un tramo de la vía por manifestaciones de los residentes de un barrio contra la Policía.

El viaje fue solitario. Aunque hay algunas paradas turísticas como la Cueva de Morgan, la Piscinita o el Hoyo Soplador, donde el barullo es exagerado y se desconfigura la sensación de tranquilidad, a lo largo de la ruta se ve al mar golpeando la piedra, así como cientos de palmeras bailando al son de los isleños, y tapando antiguas fachadas o casas abandonadas con coloridos murales.

Nos bajamos varias veces en cada lugar que nos llamó la atención, así fuera para tomar una foto o por el simple placer de sentarnos a tomar algo. Fueron ocho horas de recorrido y siento que faltó más tiempo. La isla es pequeña, si nunca hubiéramos parado tal vez dos horas o menos hubieran sido suficientes, pero cada paraje tiene un encanto único.

➙ También se pueden alquilar motos.

➙No se queden con el primer precio, hay mucha gente ofreciendo este servicio.

➙Dependiendo de la cantidad de pasajeros varía el costo del alquiler. Lo más barato que conseguimos fue $140.000 (45 USD) por todo el día.

➙ También se puede dar la vuelta a la isla en un bus turístico o en el bus urbano común que toman los residentes. Y bueno, siempre estará el autostop

¡NO QUIERO HACER UN TOUR!

San Andrés también lo vale.

Para los compradores es un buen lugar para darse una vuelta por las perfumerías con productos a precios increíbles. Para los que salimos corriendo en sentido contrario al ver tanto comercio, está el mar y la playa para sentarse a contemplar, a meditar, a respirar.

Lo hice varias veces y nadie irrumpió, no hay gritería, hay gente pero parecen ir en modo silencio. Es como si San Andrés generara una inmensa paz  (de día, porque de noche la isla toma otra forma). También hay un muelle de piedra para ver el atardecer, y muchos nativos con buena onda que buscan entablar conversaciones en español, a no ser que quieran aprender el inglés criollo (creole), el dialecto isleño.

También están las coctelerías. No recomiendo el coco loco que lo ofrecen como agua, es muy fuerte, con medio fue suficiente para mí… (estoy dudando si subir o no el video en el que los ojos se me voltean después de medio coctel). Si son tan flojos como yo para el alcohol, están las piñas coladas y un coctel virgen: coco fresa.

Sin excursiones también se puede disfrutar de la isla.

COMER EN SAN ANDRÉS

Ya me han preguntado varias veces si me pareció muy caro viajar a la isla. No lo creo, hay lugares para comer y hospedarse con precios similares a otros destinos de Colombia.

Sobre la calzada peatonal, por ejemplo, sacan amplias mesas que cubren con ollas llenas de comida típica: plátano frito, arroz con coco y frijoles, ensaladas, diferentes tipos de carne y hasta empandas de pescado y cangrejo. Frente a estas colocan asientos para los comensales, y si no alcanzan, están los escalones de la calzada.

Con Dani también buscamos restaurantes de comida corriente, lo que llamamos en Colombia un corrientazo. hay bastantes en el centro. Sirven sopa, arroz, plátano, frijoles, carne (o pescado) y bebida. Lo mejor, es que no hay que esforzarse mucho cuando uno es vegetariano, la repetitiva frase: “es que tampoco como pescado, ni pollo desmenuzado, ni frijoles hechos en caldo de pezuña”, no es necesaria. Apenas uno dice “sin carne”, gritan “un plato vegetariano” y lo sirven perfecto.

➙ Es posible encontrar almuerzos abundantes desde $10.000 pesos (3,50 USD), incluso para compartir si no comen mucho.

¿Y EL HOSPEDAJE?

Nos hospedamos en el hostal más barato de San Andrés en una habitación compartida, (Santa Diana Village Life – $35.000 pesos – 12 USD). Quedaba alejado del centro, así que debíamos caminar por lo menos unos 20 minutos para llegar a la calzada peatonal donde se encuentran la playa, los restaurantes, los tours y las docenas de perfumerías.

San Andrés me sorprendió de buena manera, vale la pena conocer la isla más al norte de Suramérica… o de Centroamérica, según la geografía.

About Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

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