Paranoia en Boquete

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Paranoia en Boquete

Por | 2016-03-12T21:45:04+00:00 noviembre 11, 2014|Centroamérica, Panamá, Viajes|Sin comentarios

“No vayas a Boquete flaca, si entras a esas montañas jamás volverás de regreso. ¿Acaso has escuchado a los indios conejo? Son una tribu de “incivilizados” a quienes los colonizadores nunca encontraron y viven hace siglos escondidos entre los senderos, esperando a los turistas para secuestrarlos y comérselos. ¡Son caníbales! Busca en internet, hace poco se perdieron dos holandesas y encontraron el tobillo de una, ¡se las comieron flaca! No te rías, ¡se las comieron!” Me decía un panameño que conocí en la capital, mientras le describía mi posible ruta y mis planes en Panamá antes de salir hacia Costa Rica. Yo sonreía, no me parecía cómico que dos mujeres hubiesen desaparecido en Boquete, pero la historia era inverosímil para mi racionalidad.

Pasaron los días, las semanas y el cuento caníbal se me olvidó, no se convirtió en un impedimento para tomar un bus desde Ciudad de Panamá hacia David, noche en la que no pude dormir a causa del exagerado frío por el aire acondicionado; no sé si el termómetro digital frente a los pasajeros daba la información correcta, pero llegó a los 12°C. Con sacos, gorros y hasta toallas sobre las piernas, mis huesos se helaban y solo deseaba descender. Después de siete horas en la nevera, estuve una más en un antiguo y agringado bus escolar de David a Boquete.

Casi dos semanas anduve por el pequeño pueblo vendiendo artesanías y escuchando los pájaros cantar al caer la noche, no eran un par de aves, era una banda musical sobre los árboles de la plaza. Con el placentero silencio, el clima perfecto ni muy cálido ni muy frío y la banda sonora natural, ¿cómo acordarme de los caníbales de Boquete? Transcurrieron los días de fiestas patrias y celebración por la separación de Panamá de Colombia (no sentía empatía con la fiesta). Del hostal al mercado, del mercado a la plaza, de la plaza al restaurante acompañando a Gabo, mi compañero de viaje en Boquete a tocar la jarana, y del restaurante a escuchar a Pancho, el ansioso dueño del hospedaje al que le costaba terminar un tema, una frase, una palabra y quien nunca habló sobre los caníbales en su apreciada información turística.

Entonces, ¿cuál paranoia si no era posible siquiera recordarlo? Comenzó el día en que Dani, mi otra compañera de viaje desde Ciudad de Panamá hasta que el destino nos separe, se le ocurrió ir de camping. Yo ya lo había pensado, lo quería hacer y el acomedido Gabino ya había averiguado sobre el Sendero los Quetzales para la pequeña aventura.
¿Vamos hoy?, ¿vamos mañana?, ¡vamos al súper a abastecernos de comida! decidimos un día.

– ¿A dónde van?- nos preguntó un argentino en el hostal.
– Queremos ir a acampar a un sendero.
– Ah, ¿Dónde se perdieron las holandesas?

Listas las débiles mentes para la paranoia. Entre risas todos contamos las historias que habíamos escuchado acerca de animales hambrientos, lugareños violadores y cómo no, indígenas caníbales.

El día de la partida sin temor a mitos, recibimos una última advertencia de un hombre que vendía frutas y verduras en el mercado de Boquete acerca del peligroso sendero. Nos pidió casi con angustia que jamás nos saliéramos del camino demarcado, para evitar bajo cualquier circunstancia ser objeto provocador de una deliciosa cena méxico-colombo-argentina.

Tomamos la combi que nos dejó en la entrada al parque, el cielo amenazaba con lluvia como todos los días de octubre y algunos de noviembre en Panamá, pero nos sentíamos preparados para cualquier eventualidad. Los primeros minutos fueron de risa y relajación, el paisaje de montaña nublado, nos recordaba que Boquete era el lugar del que no queríamos partir pronto. El sendero con algunas subidas y bajadas era placenteramente caminable, ríos, árboles y pequeñas piedras nos acompañaban. ¿Cómo se perdieron las holandesas?, no podíamos entenderlo, “esos europeos creen que pueden venir acá a hacer lo que les viene en gana”, decíamos con arrogancia hasta encontrarnos una hora después con la posible razón de su extravío, un camino intrincado, oscuro y estrecho.
BoqueteCuatro kilómetros de bosque caminaron nuestros pies. Abajo, lodo, hojas húmedas y pequeños troncos nos indicaban el camino. Arriba, las copas de los inmensos árboles guardaban el canto de los pájaros y los protegían de la vista de los curiosos y fastidiosos humanos. Si el nombre del sendero era Los Quetzales, se suponía que podríamos ver al menos una de estas regordetas y hermosas aves centroamericanas pero no fue así. En el medio, nosotros, ¿solos? no creo, ruidos ajenos a nuestras botas se perdían en el bosque, ruidos que suponíamos eran de animales inofensivos que no podrían devorarnos.

Cómo poseída por el espíritu aventurero que me lleva a viajar, ascendí tan rápido como pude el arduo camino de escalones lodosos y agotadores. La divertida caminata de charla y fotos se transformó en una lucha mental para no rendirnos y quedarnos a mitad de camino. A Dani la agotaba el ascenso y tras varias pausas la noche comenzó a amenazar con su llegada, mientras yo agotada pero poseída corría para huir de las víboras nocturnas, sean lo que fuesen, culebras o no. No estaba dispuesta a silenciar los esquizofrénicos ruidos que se pudieran presentar en medio de la oscuridad y los caníbales expectantes.

Con la luna en la cabeza y el frío como anfitrión, encontramos el refugio para armar las carpas, un piso de madera techado tanto como helado al que le entraba toda el agua que caía de los árboles y el cielo. ¿Fuego?, todo estaba húmedo. ¿Comida?, sándwiches en dos minutos. ¿Ahora?, las 7 de la noche. ¿A dormir?, sí. Dormir fue una palabra tan inmensa como la temporal oscuridad para lo que hicimos realmente esa noche, intentar hacerlo sobre madera desnivelada y húmeda, sin el equipo apropiado y con un poco de paranoia por el silencio abrumador de la montaña solitaria sin estarlo, fue un desafío físico y mental.

¿Escuchaste eso?, fue la pregunta constante y rotativa de la noche. “Si no fuera un lugar seguro, no permitirían que la gente acampara aquí ¿cierto?”, intentábamos convencernos. No puedo hablar con seguridad de las debilidades mentales de mis compañeros y sus pensamientos más profundos en medio de esa noche, pero lo míos eran controlablemente inestables y paranoicos. Cada ruido, cada susurro que nacía de la espesa capa de árboles, me hacía pensar en una horda de desadaptados sobre la carpa queriendo desmembrarme, también pensaba en mi mejor foto de Facebook en un periódico morboso y amarillista, esa en la que saliera tan perfecta, tan sonriente y tan hermosa, que al verla todos sintieran lástima por la noticia de mi salvaje muerte y la de mis “parceros” en Boquete.

Como broche para cerrar el círculo de mi estupidez, las noches anteriores había compartido momentos de ocio con Gabo viendo la serie de Hannibal, ¿será que nos vienen a atacar personas como el Dr. Lecter? O, ¿se parecerán a los orcos de Tolkien?, pensaba silenciosamente, mientras mi sarcástico y humorista compañero jugaba conmigo y me informaba casi con seguridad, que los ruidos fuera de la carpa podrían provenir de un alce, haciendo alusión a chicas empaladas con sus cuernos por un asesino en la sangrienta serie. “¡Cállate Gabino!”, le decía mientras nerviosamente me reía.

El clímax de mi estado mental llegó justo en el mejor momento de la noche. El menos paranoico de las cuatro mentes dementes, me invitó fuera de la carpa a ver la luna llena que iluminaba el bosque tan claramente que no parecía la noche. Era el momento perfecto para un sangriento ataque pero lo único que sucedió, es que no quería entrar y perderme un instante de la moneda brillante que nos cubría. O los caníbales estaban embelesados con la luna, o nos vieron muy flacos para una suculenta cena y hubiesen tenido que engordarnos como marranos.

La noche estuvo perfectamente iluminada y hermosa. La luna, uno de mis viejos y obsesivos amores, me recordó que su compañía no era permanente y debía disfrutarla borrando así cualquier asomo que quedara de rebuscada paranoia. Las horas pasaron largas e incómodas, el dolor de espalda y el frío fueron los enemigos de un sueño constante y duradero. Al día siguiente, la caminata agotadora de vuelta en la que pensativa recordaba la noche me dibujó una sonrisa. Imágenes y sensaciones del frío, el lodo, la madera clavada en los huesos, la paranoia y la luna, fueron la afirmación del encuentro que buscaba con otros mundos lejos, muy lejos de la cotidianidad.
Boquete_Cuentos_De_Mochila_3

Acerca de Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

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