Recuerdos Volátiles de Atitlán

No toleraba por mucho más tiempo la jubilosa música cristiana a volumen estruendoso, que el chofer del chicken bus blandía con orgullo desde hacía tres horas al partir de Chimaltenango, cada hora era un poco más insoportable que la anterior porque solo un disco era leído en la consola y para mí, todas las canciones sonaban iguales al punto de poder predecir los coros y cantarlos, saltando al compás de cada “¡Oh Señor!” sobre una trocha empinada y de abismos intimidantes, para olvidarme así del eterno viaje hacia el Lago Atitlán. Me adentraba paulatinamente en medio de un túnel temporal, ya Guatemala me había enseñado su lado colonial y su contraparte moderna, ahora me dirigía a unos pequeños pueblos indígenas donde el español lo hablan poco y según los lugareños, todos los foráneos somos anglo parlantes y gringos. Uno tras otro, el bus fue entrando y saliendo de estos minúsculos poblados en cuestión de un par de minutos a razón de cada uno. Sus nombres bíblicos eran el acompañamiento perfecto a la música del autobús; Santa Clara, Santa María, San Juan y San Pedro lugar al que me dirigía, luego estarían del otro lado otros santos y santas circundando Atitlán, una mezcla cultural entre las prehispánicas costumbres de vestidos coloridos y lenguas mayas, con la absorbente religión católica y otras invasoras de antiguas creencias.
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El cielo estaba gris y a los lejos no se distinguían formas, a veces aparecía entre nubes un destello azul del lago que volvía a ser cubierto por la bruma. Llegamos a San Pedro cuando la tarde se estaba despidiendo -estaba acompañada por dos grandes amigos con quienes abrimos caminos en este lugar-, nos abordó un hombre para enseñarnos los hospedajes que más se acomodaban a nosotros; conociendo de antemano ciertas costumbres guatemaltecas, nos aseguramos que no nos quisiera cobrar por ser el guía y nos dejamos llevar entre calles curvas y estrechas con casas cubiertas de enredaderas. Desde que entré por esos laberínticos pasillos me perdí, no tenían una forma definida, no era una cuadrícula, no partía de una plaza central y las calles no tenían nombre.
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Me costó tiempo acostumbrarme a subir y bajar por las escaleras entre casas y los callejones escondidos que llevaban al mercado. Me perdí varias veces los primeros días, ni siquiera tras un mes de estadía en el pueblo entendí su forma. Como las mulas me aprendí los caminos y solo por allí transitaba, cuando mi espíritu curioso me desviaba hacia otras calles, resultaba desconcertada y perdida dando vueltas desorientadas por todo el pueblo, ni un letrero o una señal que hubiese visto antes podían guiarme porque desembocaban hacia diferentes rincones y me hallaba nuevamente confundida, había otras veces que me daba cuenta que 15 minutos atrás había pasado a media cuadra de mi destino creyendo que estaba al otro lado del pueblo.

Chiquita era una perra que cuidaba el hostal donde trabajé a cambio de hospedaje, me acompañaba siempre en la recepción y se sentaba al lado de la puerta de mi habitación en la madrugada para cuidarme, algunas tardes la sacaba de paseo por el pueblo o ella me sacaba de paseo a mí, eran tan pocas las ocasiones en que ella salía que su emoción al hacerlo no le permitía parar por un momento, corría, saltaba y se agitaba. Con ella también me perdí entre subidas y bajadas, no es que San Pedro sea grande, es que no tiene forma y esa carencia hace parte de su encanto.
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En las mañanas hacía calor, las cuadras que separaban el hostal del mercado las caminaba a las siete antes que el sol saliera para permanecer fresca, las personas andaban en sandalias y camisas vaporosas y bajaban a las pequeñas playas del lago a refrescarse; en las noches en cambio el frío cobijaba el pueblo, me tomaba un té caliente antes de dormir y me arropaba con un suéter marrón y motoso que no he utilizado más que en un par de veces en el viaje. “Estás viajando por Centro América, ¿para qué quieres un pulóver?”, me preguntó un amigo alguna vez. Si hubiese tenido consciencia en ese momento de la existencia de San Pedro la Laguna y del viento Xocomil que en las tardes sopla con fuerza creando altas olas innavegables en el Lago, le hubiese dicho que para soportar estos ventarrones que tienen su historia de amor maya y su historia católica de limpia de pecados.

Comprando mi desayuno en el mercado cada tres días aprendí a negociar con los guatemaltecos, tal vez mi nacionalidad colombiana me ayudó a no dejarme vender productos por un precio más alto que el habitual. Algunos días me enojaba y prefería no comprar nada que dedicar minutos a discusiones. Preguntaba por un piña por ejemplo, generalmente me hablaban en inglés y me cobraban 25 quetzales, algunas veces les pedía el favor de hablarme en español porque era colombiana y entrábamos en debate acerca del por qué siendo de ese país hablaba español, pues no me creían que era mi idioma natal; otras veces lo hacían pero nos confundíamos porque la mayoría de indígenas que allí viven hablan tzutuhil y un tosco castellano de verbos mal conjugados y pocos artículos. Tras superar la barreras idiomáticas, les pedía un descuento porque sabía que la piña costaba 10 y no 25 pero se rehusaban a hacerlo, solo al verme partir me gritaban con desespero que la fruta había bajado en un segundo de precio y podían vendérmela por 7 quetzales. Para comprar artesanías o cualquier artículo era igual no solo en San Pedro sino en Antigua, Chichicastenango y Flores, seguramente en el resto del país también. Incluso la señora que vendía el “banana bread” me daba un precio dentro del hostal y otro afuera, debía recordarle que yo era la misma persona que día a día le compraba panes y que habíamos conversado de nuestras vidas varias veces, para que me diera el precio pactado para mochileros y no para gringos.
Recuerdos_Atitlan_Cuentos_De_Mochila_3Recuerdos_Atitlan_Cuentos_De_Mochila_7Al borde de este contexto estaba el inmenso Lago Atitlán de azul profundo y misticismo en el aire. Nunca entré, no puse mis pies en sus aguas mucho menos me lancé, el lago está contaminado debido al crecimiento urbano no organizado – causa de mis extenuantes caminatas para hallarme – y los desechos que llegan directamente. No me provocaba nadar junto a pequeños peces muertos y burbujas de jabón con el que fueran lavados los huipiles. Sin embargo si me sentaba a contemplarlo durante tardes y atardeceres que resplandecían en los tres volcanes San Pedro, Atitlán y Tolimán, que se levantan inmensos como guardianes al resguardo y los que dieron vida a este paisaje de profundidades subacuáticas tras colosales explosiones hace miles de años.

Fue fácil acomodarme y dejar pasar los días con los vientos Xocomiles durante tardes nostálgicas, podría decir que fue la primera vez en este viaje donde estuve verdaderamente sola, sin compañeros temporales o personas con quien cruzar palabras. Confieso que las noches frías de San Pedro en mi habitación me obligaron a repensar relaciones, a dormir abrazada a mi sleeping y jugar a escribir Días de Abecedario para desahogar soledades y enviar mensajes con destinatarios anónimos, nunca antes en el viaje hui tanto de la gente como en el hostal donde trabajaba – paradoja porque hacía contacto con todos en la recepción -. Me sentí verdaderamente sola, pero sané mis tardes melancólicas sentada frente al Lago con Chiquita babeando a mi lado. Me recordaba esa inmensidad, que realmente estaba ahí disfrutando paisajes que esperaba ver en pasados y los respiraba.
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Viviendo durante un mes allí enraicé mi dieta de piñas y fresas con banana bread que a veces era de coco y otras de chocolate (¿?), ejercité mi cuerpo en empinadas subidas y mi mente en ubicarme, me desprendí de historias añejas con el Atitlán como confidente e hice catarsis imprevisibles explicándole una y otra vez a Josefa, la chica maya que vestía de vivos colores y era la encargada del hostal, del por qué viajaba y cómo no me sentía una pequeña huérfana en un inmenso mundo.

About Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

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