Reflexiones Umbilicales

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Reflexiones Umbilicales

Por | 2016-03-13T00:33:50+00:00 mayo 7, 2015|Reflexiones, Viajes interiores|3 Comentarios

Buscando palabras con u que me convencieran, engorrosa tarea porque todas me parecían sonoramente disonantes o carentes de significado útil para este escrito, llegó a mí el recuerdo de esa pequeña hendidura que tenemos todos en medio del cuerpo y que cumplió la función de huequito conector hace más de 28 años entre mi ser y el de mi madre.

Se me antojó entonces, escribir sobre cuestiones umbilicales porque faltan pocas horas para volver a verla. Hace un año, me senté en su cama y le confesé que me quería volver a ir de viaje, que los reveces de mi vida en Bogotá me tenían en estados de profundo aburrimiento y que no quería bajo ninguna circunstancia entablar una rutina de oficina a cambio de malos pagos. El silencio se apoderó de la casa varios días como si jamás le hubiese dado a conocer mis mochileras intenciones. No supe con exactitud cuáles fueron sus revuelos mentales, pero finalmente con un convencimiento tambaleante me apoyó. La razón de su titubeo, además de las características incertidumbres acerca del futuro de mis proyectos en Bogotá y mi ausencia de estabilidad, fue una en especial: no tener un compañero viajero. Aunque jamás intentó convencerme de no hacer el viaje, si preguntó incansablemente si no habría una remota posibilidad de irme con alguien. Pasó el tiempo y aunque hubo candidatos para la travesía resulté subiéndome sola al avión, estoy segura que ella estaba más asustada que yo pero convencida que mi felicidad estaba en la incertidumbre del camino.

A pesar de ser este mi segundo viaje mochilero teniendo así conciencia del vaivén en los planes, mi mamá quiso un itinerario para saber cuándo se me antojaría regresar a casa. Es casi imposible aclararlo cuando no hay boleto de regreso, sin embargo le dije que en seis meses volvería aunque las dos sabíamos en el último rincón de la consciencia que el tiempo pasaría y mi viaje se extendería.

Al principio no fue fácil entendernos, supongo que hace un tiempo ella esperaba tener una hija “normal” que gastara el dinero que ganaba en comprar un auto y pagar un crédito hipotecario, pero yo le repetí cientos de veces que la mejor manera de invertir el dinero era viajando, conociendo el mundo, aprendiendo de este y de uno. Aún no sé si está convencida de mis palabras, pero cuando le conté que mi objetivo era llegar a México, reconocí en sus ojos las ganas de hacerlo también, y como no si a ella ¡le encanta viajar! Es cierto que dudaba de mis planes mochileros pero siempre la vi emocionada con los pequeños paseos a la sabana bogotana, con las caminatas domingueras en alguna reserva natural y con los árboles a los que abraza. Tiene una viajera en su interior que explotó cuando me vio salir a mí a conocer los lugares que ella siempre había querido. No olvido que uno de sus sueños era conocer Sur América, supongo que de tantas veces que lo dijo desde que tengo memoria, me impulsó a hacer lo mismo aunque ella todavía tenga ese pendiente.

Ante mi inminente partida no hubo más remedio que decirme que nos veríamos en el camino. Mi entusiasmo fue inmenso, quiero que ella sea feliz y se convenza de mi convencimiento que nunca es tarde para hacer lo que uno quiere. -¡Nos vemos en México ma! – fue mi despedida en el aeropuerto. Desde que partí estuve esperando que ella me alcanzara, han transcurrido siete meses y me hacen falta los desayunos conjuntos en su cama, las películas de domingo que ella nunca entendía porque siempre se dormía, las charlas de todo y de nada con discusiones incluidas cuando a mí se me zafaba una grosería y las trasnochadas cocinando tortas porque es la mejor asistente de mi pastelería, pasábamos a veces noches sin dormir y aunque ella no pudiera ayudarme, me acompañaba para asegurarse que mis pasteles quedaran perfectos y que mi cordura estuviera intacta ante los chistes del horno que a las 3 de la mañana quemaba el pastel.

A sabiendas que mi promesa de regresar tras seis meses no se cumpliría, pues ya habían pasado cinco y ni en la mitad del camino iba, decidió alcanzarme. México no fue posible vaya a saber por qué, pero convertimos a Guatemala en punto de encuentro el lunes 20 de abril, ¡mañana!

Mi felicidad es extrema, sé que me llenará el corazón y me dará energía para continuar el camino, pero mi latido desenfrenado se debe a su decisión de viajar, de conocer, de encaminarse por unos días y empezar a cumplir sus sueños en realidades. Estoy más feliz por ella que por mí, porque finalmente tiene cómo hacerlo y se decide a traspasar fronteras y alimentar ilusiones. Se quedarán atrás lo días en que dice: “ojalá yo hubiera tenido el coraje para hacer lo que tú haces”, porque ahora lo está haciendo.

Las últimas semanas me ha jalado ese cordón umbilical imaginario que me une a ella, he contado el tiempo tachando rayitas para el reencuentro y para los días que hemos de pasar juntas. Es un sueño cumplido dentro de un gran sueño, mochilear, conocer el mundo pero ahora unos días con mi mamá, esa mujer descontroladamente amorosa que ha dado todo para hacerme feliz y que ahora está pensando también en ella, en sus fantasías, en sus objetivos, en su vida. Es justo que después de 28 años en los que se ha dedicado a complacernos a mí, a mi hermano y a mi papá, se complazca ella, se de todo, se ame, regrese a sí misma como mujer y no como mamá aunque nunca lo deje de ser. Me hace feliz que sea ella, que sea feliz, que por un instante no piense en darnos sino en darse, que se priorice.

La admiro por haber cambiado de pensamiento, por liberarse, porque se atrevió a “desenseñarme” lo que me enseñó durante años, porque pasó de ser una mujer puesta, arreglada, embutida en un mundo de fantasía, de caretas a ser lo que ahora es, esa mujer de casi 60 años que se viste de mil colores y hace lo que viene en gana, sale, viaja, conoce, se reconoce como mujer, como independiente. Que se atreve a creer en ella, a cumplir objetivos olvidados, a apoyar a su hija en cosas que otrora le parecían locuras, a abrir su mente a nuevas ideas, a no odiar, a impulsar a esa mujer que vivía en una burbuja a punto de estallar. La admiro y la amo. ¡Vamos por ese reencuentro mamá!

Acerca de Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

Acerca del Autor:

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

3 Comentarios

  1. Sergio Cruz 8 mayo, 2016 en 15:23 - Responder

    Lindo, me llegó porque tengo 47 años y muchas ilusiones de viajar, tengo buena excusa: dos hijos que estudian en la universidad, pero ya pronto serán independientes, buenas vibras a ustedes dos. Sergio Cruz.

    • Natalia Méndez Sarmiento 10 mayo, 2016 en 19:31 - Responder

      Hola Sergio.
      Para adelante con tus planes de viajar!!! que ni la edad, ni las circunstancias te detengan, son cosas que están sólo en la mente. Espero verte pronto atravesando mundos. Un abrazo!!

  2. Diana Prado 8 junio, 2016 en 21:47 - Responder

    Profundo al corazón cada frase de ese post.

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