Sobrevivir en Buenos Aires

Cuando empecé a escribir sobre Buenos Aires busqué todas las maneras posibles de describirla, de recordar alguna anécdota especial, o de basarme en las fotografías guardadas de Bosques de Palermo o Puerto Madero para contarles una historia y animarlos a conocer la ciudad. Sin embargo fue imposible que lograra conectar mis recuerdos con una idea específica. La razón, es que allí viví cuatro meses, mucho tiempo si se trata de andar con mochila porque todo se convierte en una rutina. Caminaba todos los días las mismas calles, sabía qué comer, dónde, qué colectivo tomar, dónde comprar las facturas más baratas y  hasta adopté sin proponérmelo expresiones argentinas, “¿me estás cargando?” era una de mis preferidas y mis frases de ira o angustia las adornaba con “la puta  madre”. Por ejemplo: ¡La puta madre Rodrigo! se nos está acabando la plata ¿cómo vamos a seguir el viaje?

Por suerte recordar esta pregunta que me hacía frecuentemente, me impulsó a escribir sobre la manera en que recorrí Sur América haciendo el dinero en el camino, y sobre como Buenos Aires fue testigo de mis primeros días como artesana, aunque la palabra me queda un poco grande para describir mi trabajo con hilos y mostacillas.

He leído y escuchado muchas formas de hacer dinero para un viaje largo, por ejemplo conocí a Kenji, un japonés que ahorró incansablemente durante dos años, no se gastaba un solo centavo que no fuera estrictamente necesario, solo andaba en bici, no comía en restaurantes, ni se tomaba un solo café, así, logró guardar el dinero suficiente para dar una larga vuelta al mundo. También conocí personas que cantaban o tocaban algún instrumento en la calle, vendían comida o hacían malabares en los semáforos; he leído sobre algunos que venden postales de sus viajes o hacen libros y deben existir otras cuantas maneras que no conozco. Por mi parte, tengo cierta habilidad para las manualidades, pero,  jamás pensé que mi manera de sobrevivir fuera vendiendo manillas en la calle y así lo hice, a decir verdad, así es como viajé y así es como pienso seguir.

Con gran vergüenza confieso que en un principio tenía problemas para hacerlo. Durante muchos años viviendo en Bogotá, tuve ciertos reparos con los “hippies” que veía en la calle e intentaban venderme manillas mientras coqueteaban conmigo. Mi cabeza estaba cerrada a entender otro estilo de vida, desde pequeña recuerdo escuchar juicios al aire debido a la apariencia de los artesanos y a su manera de vivir; con esta experiencia debí quitarme todos los prejuicios al respecto y darme cuenta que pensar diferente la vida no es un crimen, es solo un diminuto disparo al sistema que prende las alarmas de los más conservadores, bastantes que existen en Colombia, una cuestión de historia represiva y mandatarios oligarcas que nos idiotizó. En Argentina, me sentí libre de ser y hacer, cientos de personas viven del trabajo con sus manos, las ferias no cobran más de 10 pesos argentinos (USD2 aprox.) el puesto, en comparación con los 120.000 pesos colombianos (USD60 aprox.) que cobran en las ferias de Bogotá y en la calle la policía no tiene derecho a quitarle la mercancía a los artesanos.

Buenos_Aires_Cuentos_De_Mochila

Despojándome de mis tabús y con la mente en sobrevivir y viajar, salimos con Rodrigo una mañana helada de domingo caminando hacia Plaza Francia con una pequeña maleta llena de manillas, hilos y chaquiras. Pasamos dos horas sentados en una banca del parque aguardando la fiscalización para vender en la feria. Esto se trata de mostrar las artesanías a personas que llevan toda la vida viviendo del trabajo con sus manos y van despreciando el trabajo de otros pero de ellos depende adquirir un puesto. Por suerte, esa vez nos encontramos con una mujer que entendió nuestras precarias condiciones como nuevos artesanos y nos ayudó a entrar a pesar de un fiscal empeñado en desmeritar el trabajo con chaquiras que según él, la tarea de “meter pepitas en un hilo” no era suficiente mérito para poder vender.

Nos prestaron una estructura metálica y una tabla de madera astillada para armar nuestro “parche”, sacamos un pedazo de banner que nos había regalado un amigo que trabajaba en un cinema y se quedaba con los afiches impresos de las películas y lo colocamos al revés para que se viera blanco; era tan paupérrimo que la mujer nos prestó un pedazo de tela vino tinto casi tan feo como el banner para terminar de tapar la tabla. Hecho esto, colocamos encima cuatro cartones forrados en tela negra con algunas manillas atadas. ¡Sorpresa! sobraba tres cuartas partes del espacio. Ante la desolación de la mesa, sacamos las pocas manillas y las regamos por toda la tela para que pareciera que teníamos algo que vender. Se fue el día, helado, diez grados o menos que ni el sol podía calentarnos, nadie se interesaba por mirarnos mientras el resto de artesanos empacaban docenas de productos cada hora. Increíblemente al final del día hicimos dos ventas, ¡mágico domingo!, con todas las probabilidades de irnos en cero vendimos dos manillas que pagaron el almuerzo, un pan relleno capresse exquisito.

Con 40 pesos vendidos cada fin de semana se diluye el sueño de viajar o al menos de sobrevivir, sin embargo era el primer domingo que lo intentábamos y no íbamos a rendirnos. Arreglamos el parche, compramos tubos, telas, ganchos y todo lo necesario para armar estructuras que sostuvieran la mercancía y se pudiera apreciar mejor. Noche y día trabajamos duro para llenar el “paño” y estar a la altura de los artesanos de las ferias. Elaboramos collares, llaveros, aretes y hasta relojes con la pulsera tejida en macramé, que por cierto con el paso del tiempo se volvieron un éxito y llamaban tanto la atención que nos compraban casi sin pensarlo.

Poco a poco y con mucho esfuerzo fuimos construyendo nuestra mercancía y nuestra historia como artesanos, con el paso del tiempo se hizo más fácil poner un trapo en la calle y sonreír a pesar de algunos días sin vender. Plaza Francia quedó atrás, lo recuerdo con cariño porque fue nuestro primer día  “parchando” pero nunca volvimos. Sin embargo fue así como empezamos a llegar a cada ciudad a buscar una feria artesanal o una calle donde pudiéramos ofrecer nuestro trabajo, hacer el dinero para comer, pagar el hospedaje y en lo posible ahorrar para seguir.

No voy a mentir, no es fácil.  A veces alcanza, a veces no, pero cuando uno está caminando todo fluye. Pensar en cómo conseguir el dinero del día, es mucho más práctico que pensar en el pago de la renta, de los servicios, en el mercado para el mes y además ahorrar para comprar zapatos nuevos y salir a comer cuando uno llega cansado de la oficina y no quiere prepararse ni un café. Es difícil pensar que así se puede sobrevivir, pero les aseguro que no hubo un solo día en que pasáramos hambre o no tuviéramos donde dormir. Esa es la magia de andar.

About Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

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