Un Perro en el Cocuy

Debo confesar que antes del viaje a la Sierra Nevada del Cocuy, tenía pensamientos antipáticos acerca de los french poodle. Verlos todos emperifollados, ladrando como poseídos cada vez que solo me atrevía a pasar frente a ellos, y llevados por lo general de señoras tan arregladas como los perros, y tan antipáticas como mis pensamientos, no me permitía soportarlos, esa es la verdad. Sin embargo admito que Motas, el mejor perro que haya conocido en mi vida era un french, aunque era uno con espíritu rebelde y mochilero, tal vez por eso lo amé.

Pero antes de narrarles la historia de mi mejor amigo, los contextualizo y les cuento un poco de la experiencia sobrecogedora que fue viajar al Cocuy. Allí, la Cordillera de los Andes se levanta imponente guardando los más preciados páramos de donde proviene el agua dulce, y desafiando a los montañistas a pisar la nieve en la cima a 5000 metros de altura. Hay diferentes lugares para acampar en el inmenso parque, nosotros dormimos en Kanwara las primeras noches rodeados de verdes y peludos frailejones, ovejas que balaban toda la noche y no dejaban dormir y cubiertos por el helado viento que soplaba sobre la carpa y la hacía vibrar. Todo el paisaje era inspirador, no había un solo rincón que no me gustara o que estuviera lejos de la tranquilidad y el silencio de la montaña.

Todos los días fueron un desafío a la fuerza física y mental. Tratar de caminar o siquiera dormir a un poco más de 3000 m.s.n.m. no era nada fácil. El dolor de cabeza, la fatiga y el mareo eran constantes los primeros días, para aliviar los síntomas del soroche lo mejor era el té de coca, por suerte fuimos preparados con bolsitas de esta infusión que calentábamos noche tras noche tan cerca como podíamos a la cremallera de la carpa, para no tener que sacar nada más que nuestras manos porque el frío era casi insoportable cuando llegaba la oscuridad. Si a alguno se le ocurría salir al baño luego de habernos encerrado, no era posible que al entrar nos volviéramos a calentar. Hubo muchas noches de insomnio con los pies helados y la nariz roja, a pesar de tener las bolsas de dormir indicadas para temperaturas inferiores a cero grados.

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Logramos llegar al hielo del Ritacuba Blanco

El Cocuy me  regaló la experiencia más cercana a ser una montañista (lejos, pero muy lejos de serlo) en el Ritacuba Blanco, el cerro más alto de esta parte de la cadena montañosa que atraviesa Sur América. Cuando vimos la cumbre desde la falda de la montaña pensamos que sería fácil alcanzarla,  pero el día en que nos atrevimos a hacer la caminata para llegar al nevado, nos dimos cuenta que solo tocar el inicio de la capa de hielo era todo un desafío para nuestro deplorable estado físico, sobre todo el mío. Fueron cuatro horas andando por un sendero empinado que tocaba subir casi de rodillas, agarrándonos de piedras con las manos para no resbalarnos. La altura nos afectaba a medida que avanzábamos en el camino, el corazón lo escuchaba en mis oídos y el aire me faltaba. Me ponía metas, veía una planta o un mojón y decía que en los siguientes pasos llegaría hasta allá, a veces solo podía dar un par y caía rendida, trataba de respirar, descansar y seguir.

Al principio veía la cima de la montaña por donde caminábamos y el hielo parecía muy cerca, cuando llegaba a esa cima me encontraba con otra que no se veía en el camino, luego otra y otra, parecía una tarea imposible, pasaban los turistas en caballos y otros se devolvían para evitar el soroche. Me alentaban a llegar a mi meta los verdaderos montañistas, los que llevaban al hombro sus maletas pesadas para acampar en el hielo. Al final del camino a pocos metros de la capa blanca, que a lo lejos parece algodón pero al entrar en contacto con las manos las corta y entumece, solo podía dar cinco pasos y debía sentarme, estaba a 4000 m.s.n.m. Valió la pena el esfuerzo para llegar allí, el silencio y el paisaje llenaron profundamente mi espíritu. Cuando siento la energía que recorre mi cuerpo, cuando siento ganas de arrodillarme ante la montaña no necesito nada más, estoy completa.

Tras varios días cerca al Ritacuba tomamos nuestra casa, la pusimos en nuestros hombros y nos encaminamos hacia otro punto del parque, la Hacienda la Esperanza. Había dos maneras de llegar allí, la primera era tomando un auto que nos cobraba una cantidad ridícula de dinero por transportarnos, la segunda era andando por la carretera destapada donde pasan los camiones que recogen leche para bajar al pueblo y hacer un poco de autostop. Nosotros optamos por la segunda y nos paramos en la ruta a esperar que nos recogieran, no pasaron ni cinco minutos y un hombre en un jeep nos adelantó varios kilómetros, pero nos recomendó que no nos detuviéramos a esperar quien nos levantara, sino que fuéramos caminando porque muchas veces los camiones no pasaban y nos podríamos quedar en medio del parque sin tener como resguardarnos en la noche. Lo hicimos de esa manera y como si fuera un vaticinio, nunca pasó un auto, ni un camión, ni siquiera una bicicleta, lo que nos obligó a caminar nueve horas bajo el sol picante típico de los días calurosos en la montaña y con las maletas llenas aún de comida lo que las hacía supremamente pesadas. Llegamos a armar la carpa con la luna sobre nuestras cabezas y los pies ampollados y pelados.

Cocuy_Cuentos_De_MochilaEsa noche caí rendida casi llorando, bueno, lo acepto, me senté a llorar. Mi espalda no daba más, mis pies palpitaban del dolor, las ovejas que eran más que en el camping anterior no me dejaban descansar, y la carpa la tuvimos que armar sobre el pasto mojado lo que hizo que se enfriara y pudiera sentir el dolor en los huesos. Como si alguien más, además de mi compañero de viaje me hubiera escuchando sollozando, me pusieron un ser que animó mi camino de ese día en adelante.

La mañana siguiente me levanté, abrí la carpa y me encontré con una sorpresa, acostado junto a mis botas estaba un french poodle sucio, lleno de escarcha por la helada de la madrugada, con rastas en su pelo originalmente blanco y oliendo a una rica mezcla entre humedad, lodo pegado y caca de vaca. Lo saludé, lo consentí un poco, le dimos un nombre provisional hasta enterarnos que era Motas y lo invitamos a caminar con nosotros. Desde aquella mañana el perro no se despegó un solo momento, nunca recibió comida así que esa no era la razón de su compañía, nos guiaba por cada camino, husmeaba, salía corriendo indicándonos el sendero y nos esperaba hasta que estuviéramos junto a él, dormía siempre al lado de nuestra carpa y nos siguió por todo el parque incluso en otros lugares de camping donde no pertenecía. Nos defendió de toros que se venían contra nosotros por proteger a un ternero y se revolcó en la nieve mientras le tomábamos fotos. Cuatro días en su compañía. El día de partir llamamos un auto que debía recogernos para sacarnos del parque, nos subimos y Motas siguió el carro durante un par de kilómetros, intentó indicarnos el camino de regreso hasta que se dio cuenta que ya era el momento de despedirnos y quedó parado en medio de la carretera viendo como nos alejábamos, esa imagen en mi cabeza me saca entre sonrisas y lágrimas.

Al regresar a Bogotá, una mujer muy espiritual me dijo que Motas nos estaba protegiendo, que era el espíritu de “mi abuelita Ceci” la mamá de mi mamá, una mujer aguerrida y adelantada para su época a quien adoré con el alma y quien solo unos años antes había abandonado este mundo.  Y si, ¿por qué no?, yo creo que era ella.

About Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

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