Una Excursión Inesperada

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Una Excursión Inesperada

Por | 2016-03-12T19:51:16+00:00 marzo 25, 2013|Bolivia, Suramérica, Viajes|Sin comentarios

DÍA 1

El frío mañanero de Uyuni me dio escalofríos mientras esperábamos la entrega de nuestras maletas en el bus. No alcanzamos a poner un pie en el suelo cuando nos abordaron no menos de tres personas con el fin de vendernos excursiones y ofrecernos hospedaje.

Por primera vez en todo el viaje Rodrigo y yo no teníamos idea de lo que debíamos hacer, ni siquiera sabíamos que era necesario pagar por una tarde en el salar de Uyuni. Por suerte y sin pensarlo, terminamos caminando hacia el centro del pueblo con  Gisele y Javi, dos argentinos con quienes habíamos hablado en el bus, Gonzalo, Manuel y Ricardo, tres mexicanos que habían peleado en Tupiza por falta de asientos, y Kenji, nuestro nuevo compañero japonés.  Ellos al menos tenían algunas ideas de lo que querían conocer y nosotros los seguíamos sin saber hacia dónde nos llevaban, todo lo que entendíamos era que los mexicanos estaban buscando a un tal Rubén muy recomendado para hacer excursiones en el salar.

Después de muchas vueltas por el pueblo lo encontramos, era un boliviano que pacientemente nos hizo pasar a su oficina y nos sentó para mostrarnos un mapa de diferentes recorridos que tomaban desde un día hasta siete. Kenji partió, él como nosotros no tenía mucho dinero y su interés estaba en otros rumbos, por el contrario nuestros cinco compañeros latinoamericanos se entusiasmaron con una excursión de tres días que comprendía lugares que jamás había escuchado, pero ellos estaban convencidos de estar pagando por ver paisajes maravillosos.

Rodrigo y yo nos mirábamos con ganas de escapar con Kenji, porque los paquetes turísticos no eran para nosotros la mejor forma de viajar ni de ahorrar, pero ellos necesitaban convencernos de ir para que saliera más económico. Una vez más, en uno de tantos arranques en los que decíamos “si estamos aquí, ¿por qué no? “, sacamos el dinero y pagamos por la excursión. Hecho esto no había marcha atrás, nos dieron dos horas para empacar lo necesario en las maletas y dejar el resto en la oficina de Rubén, salir a cambiar pesos argentinos por bolivianos, lo que significó un problema porque cada billete debía estar en perfecto estado y los billetes argentinos suelen ser un desastre, desayunar en un hostal cercano y pagar por una ducha con agua caliente. A las nueve de la mañana arrancamos hacia el salar en un jeep.

Minutos después de haber salido del pueblo llegamos al primer destino que nos ofrecía el itinerario. Esta palabra en un viaje me disgusta porque significa que tras corto tiempo se debe abandonar un lugar para ir a otro sin haberlo si quiera conocido. Sin embargo después de meses de viaje pensando en cada minuto de cada día que hacer y a donde ir, buscando respuestas rápidas y decidiendo en el camino, era maravilloso dejar que Rubén nos condujera por donde le antojara y nosotros solo tuviéramos que asomar la nariz por las ventanas para contemplar el paisaje.

El primer destino era el salar, parece obvio si pagamos una excursión para conocerlo, pero luego entendería el porqué del entusiasmo de nuestros compañeros por tres días de viaje, pues no solo conoceríamos el desierto de sal sino paisajes increíbles. Luego de una breve parada en un museo con esculturas de sal elaboradas por artesanos de la zona, comenzamos a rodar sobre una delgada capa de agua que parecía un espejo formada por las lluvias de los últimos días. Nos bajamos a patear pequeños charcos y tomarnos tímidamente las primeras fotos. Como si fuera necesario a nuestra edad experimentar todo para entenderlo, nos quitamos por segundos las gafas oscuras que Rubén nos obligaba a utilizar, pero el dolor en los ojos por el brillo del sol sobre la superficie blanca, nos obligaba a cerrarlos para protegerlos instintivamente. Impacientes por seguir el camino nos subimos de nuevo al carro pero esta vez en el techo, nos turnábamos entre todos para sentir el viento en la cara y gritar desmedidamente de emoción. Entre sonrisas, chistes y una confianza que poco a poco se afianzaba entre todos, comenzamos a andar sobre un tapete blanco con figuras geométricas formadas por la naturaleza y agujeros bajo los cuales se deposita el agua y se puede extraer la sal hecha cristal.Uyuni_Cuentos_De_Mochila

Uyuni_Cuentos_De_Mochila
Hacia cualquier lugar que mirara solo veía el horizonte de dos colores, arriba el azul intenso del cielo en un día caluroso y brillante y abajo el blanco de la sal.
Como niños, robamos cristales cortándonos sin querer las manos con ellos, hicimos decenas de intentos de fotografías divertidas jugando con la perspectiva, corrimos sobre la sal y nos subimos a los montículos hechos por quienes trabajan en la extracción. Como ya nos había sucedido más de una vez, lo que no estaba planeado nos sorprendía y resultaba mucho mejor que lo planes hechos con lupa. Allí estuvimos solo unas cuantas horas disfrutando un regalo único de la naturaleza antes de partir a San Cristóbal, un pueblo muy pequeño en donde paramos unos minutos para recargar el carro de gasolina y descansar las piernas.

Los recorridos entre un lugar y otro eran hermosos, estábamos muy cerca de la cordillera de los Andes por lo que podíamos ver nieve en las alturas mientras rodábamos por el desierto. Eran paisajes inmensos sin habitantes y toda la naturaleza en su máxima potencia. Por ratos en la carretera cuando Ricardo no estaba contando chistes y Javi no estaba jugando al recreacionista para animarnos (trabajaba como profesor de educación física en colegios y llevaba a los chicos de excursión) llegaban momentos de introspección y nostalgia, no extrañaba algo ni me sentía mal, era más bien esa sensación que había tenido varias veces de estar en un lugar que nunca imaginé y emocionarme por ello pero sin expresarlo con una sonrisa, era más bien un momento de dar gracias a la vida por permitirme estar allí y a la naturaleza por regalarme la belleza que tenía al frente.

La primera noche llegamos a un hostal en Alota, un pueblo en medio de la nada a casi 4000 m.s.n.m. Cuando el sol estaba a punto de ocultarse, los siete compañeros de excursión nos paramos sobre una especie de portal de piedra que se erguía como entrada al pueblo quedando varios metros por encima del suelo. Fue un momento inolvidable y de inspiración, solo se veía tierra y el pueblo no más grande de cinco cuadras con sus casas hechas en adobe y piedra, el resto era desierto y cordillera. Unas pocas luces de carros se veían a lo lejos pasando por la ruta polvorienta y como una pintura bucólica vimos pasar a un hombre en una bicicleta bajó el portal, perdiéndose más adelante en la oscuridad del desierto. Esa noche compartimos la habitación y nos fuimos quedando dormidos entre las ocurrencias de Ricardo y Rodrigo, los juegos de Javi y las comparaciones entre la jerga de los tres países. Pasadas las ocho ya habíamos caído todos en un profundo sueño tras la noche de la “licuadora” en la que llegamos a Uyuni.

DÍA 2

Nos levantaron a las cinco de la mañana, queríamos bañarnos antes de salir pero el dueño del hotel, un boliviano reservado e introvertido como la mayoría nos cobró por un duchazo. Todo en Bolivia es así (por lo menos en lo poco que conocí), por lo general al pagar una noche en un hotel también hay derecho a los servicios del baño pero allí no, cada servicio y producto lo cobran por aparte tratando de sacar el máximo provecho al turismo.Uyuni_Cuentos_De_MochilaUyuni_Cuentos_De_Mochila

Pagando algunos bolivianos y con el hombre golpeando la puerta de la ducha para que no nos tomáramos más tiempo del indicado, nos refrescamos, desayunamos y salimos hacia el Valle de las Rocas, un lugar que como su nombre lo dice es un valle pero con cientos de grandes piedras coloradas concentradas en un espacio relativamente pequeño, producto, según decía Rubén, de la explosión de volcanes hace millones de años. Allí subimos y bajamos entre los huecos que las rocas formaban hasta donde el cuerpo y el miedo lo permitían. Toda la excursión era un juego, subir, bajar, correr y hasta ahogarnos con la altura así parezca un poco irresponsable. El segundo día conocimos lagunas por encima de los 3500 m.s.n.m, recorrimos desiertos y nos maravillamos con la arena de colores increíbles que se difuminaban entre las montañas a casi 5000 metros de altura. Si bien Bolivia es toda una aventura y parece casi un sacrificio a la comodidad, conocerlo vale absolutamente la pena.

Cayendo la tarde, llegamos a la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa y nos hospedamos en un hostal frente a la Laguna Colorada, una laguna que se torna de color rojo debido a los minerales que contiene y solo los flamencos llegan allí a alimentarse. El frío, el hambre y el sueño, nos reunieron llegada la noche alrededor de la mesa y cuando ni la luna pudo iluminarnos con su brillo caímos rendidos.

DÍA 3

Al día siguiente nos levantaron cuando el sol aún estaba oculto. Desayunamos a medias con más ganas de dormir que de comer y salimos a ver las estrellas y a pescar satélites que parecieran OVNIs. El frío era fuerte pero las ganas de disfrutar el último día de excursión eran más grandes. Rubén nos subió al jeep a las cinco de la mañana y nos llevó a ver el amanecer en medio de los geiseres que reflejaban la actividad volcánica del lugar. Al llegar aún todo era frío y oscuro, sin embargo el sol no demoró en empezar a asomarse tímidamente e iluminar con sus primeros rayos la arena que poco a poco comenzó a tornarse anaranjada. A nuestros pies se fueron revelando pequeños y grandes agujeros con lodo hirviendo brotando del suelo y nos invadió una bruma de fuertes vapores de azufre que nos humedecían la cara y el pelo.  El paisaje era surreal, no en vano uno de los lugares dentro del parque es llamado el Desierto de Dalí. Rubén nos advirtió que era peligroso dejarse llevar por la emoción y permanecer mucho tiempo allí ya que estábamos sobre un volcán y era incierto el momento de su explosión. ¿Cierto?, no lo creo, de ser así no se arriesgarían a llevar grupos de turistas todos los días, sin embargo su cara no tenía gracia y nos sacó rápido del lugar. Yo creo que sus historias de vez en cuando eran un intento por encontrar nuestra “madurez” y nuestro comportamiento adulto perdido desde el mismo momento en que pisamos el salar.

El poco calor que recibimos directo del suelo desapareció al subirnos al carro, por eso Rubén nos alentó con el siguiente paso del itinerario, unos termales naturales donde podríamos bañarnos. En medio del desierto y al lado de una laguna helada nos encontramos con una pequeña pileta exhalando vapor proveniente de las entrañas de la montaña. Los cinco hombres valientes y desinhibidos se despojaron rápidamente de la ropa y entraron al agua, yo, cobarde y friolenta no quería quitarme la chaqueta, pero el llamado de todos a un lugar reconfortante me alentó a quedar en vestido de baño y hundir mi cuerpo en el agua que se encontraba a 35 grados centígrados. Diez minutos después tras la insistencia por partir de Giselle quien se congelaba fuera del agua y tras las amenazas de descompensación de nuestros cuerpos que nos hacía Rubén, salimos del agua y partimos a recorrer otros desiertos escondidos en la cordillera, lagunas que reflejaban como un espejo el inmenso cielo y rocas en la mitad de la nada donde jugamos como niños olvidando nuestra vida lejos de la excursión.Uyuni_Cuentos_De_Mochila

Uyuni_Cuentos_De_Mochila

Ese día mi cuerpo se reveló y no aguantó el cambio de comida, la altura, el esfuerzo físico y tal vez la descompensación de la que hablaba Rubén por el cambio de temperatura y la absorción de minerales en los termales. No me sentí bien en casi ningún momento del tercer día pero bajo las circunstancias no se puede hacer nada más que tomar agua y sonreír, no hay tiempo para camas o consentimientos. Al final del día nos llevaron al cementerio de trenes, un lugar de película donde están las carcasas oxidadas de trenes que tienen más de 50 años en ese lugar. Al igual que en las rocas, fue solo un juego subir y bajar las estructuras hasta que Rubén dio la orden como si fuera nuestro papá de subirnos al jeep y dar por terminada la increíble excursión.

Volvimos ya sin tanto ánimo a Uyuni, todos queríamos seguir entre desiertos y montañas sintiéndonos como niños pero era el momento de la despedida y de las decisiones de rumbo. Javi y Giselle, se quedaron en Uyuni para partir después hacia la selva boliviana, por el contrario nosotros nos fuimos esa noche hacia el norte con Gonzalo, Ricardo y Manuel. Al caer la noche, tomamos un bus rumbo a Oruro donde debíamos tomar otro colectivo hacia La Paz, íbamos preparados para lo peor, para enfrentar nuevamente el bus destartalado y la trocha.

Acerca de Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

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Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

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