Una Noche en el Museo

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Una Noche en el Museo

Por | 2016-07-20T21:21:35+00:00 abril 1, 2015|Centroamérica, El Salvador, Viajes|Sin comentarios

El museo Nahuat Pipil era apetecible para una noche. Cuatro cámaras con algunas cerámicas, puntas de lanza y viejas herramientas, protegidas por vidrieras esperando a ser observadas por algún curioso turista, y carteles con información sobre la historia y las costumbres de Nahuizalco, primer pueblo de sur a norte en La Ruta de las Flores al occidente de El Salvador, nos cobijaron a mí y al otro par de mochileros, amigos viajeros, una fría noche de marzo.

Federico se caracteriza por el gusto al buen comer, al buen dormir y en general al buen vivir, de manera que buscó entre la chatarra del patio del museo, un cómodo colchón para pasar la noche y de paso darle abrigo a su novia Dani. Por el contrario, yo, sola, no tuve un novio que buscara al menos una litera o a quien yo quisiera mimar haciendo la labor y cuando lo quise hacer por amor a mi espalda,  rebuscando entre el desorden salvador de Fede, desperté a una fiera de dos alas que revoloteó por el techo del patio golpeándose con los fierros que sostenían el aluminio, haciéndome huir a zancadas mientras me burlaba de mi cobardía y me preparaba para una incómoda noche.

El frío de las baldosas en la única cámara con poca información, pero con manualidades que  escurrían a manera de cascadas de papel por las paredes, intenté contrarrestarlo con cajas aplastadas de cartón que había recogido previamente en el mercado y con asfixiantes capas de algodón y lana sobre mi cuerpo. El primer inconveniente estaba resuelto, es cierto que parecía un jugador de rugby y mis movimientos eran torpes, pero no había lugar destapado en mi cuerpo, por el que pudiera colarse el viento que entraba bajo la puerta cercana a mi cambuche. La segunda preocupación fue la rigidez del suelo, en anteriores ocasiones lo había solucionado apilando mi ropa y la bolsa de dormir sobre el piso, en especial en aquellos lugares donde los huesos sobresalientes pueden lastimarse, sin embargo la mayoría de mi ropa la tenía puesta y estaba envuelta como tamal en el sleeping.

Sin más por hacer, cerré los ojos pensando en la intensidad de las situaciones que solo se presentan al viajar, como estar durmiendo en el museo de un pueblo en El Salvador. Luego de cinco minutos de engañoso placer, luces verdes titilantes se acomodaron en mis párpados por la luz encendida que nunca encontramos como apagar e hice conciencia sobre los huesos de mis hombros y mi cadera. Me acomodé boca arriba, boca abajo, de medio lado, del otro lado y no logré en 7 horas encontrar alguna posición ideal con la que pudiera caer en un profundo sueño. Mi almohada (la tienda de campaña), se escurría sobre la baldosa lisa y sin darme cuenta cada veinte minutos mi cabeza estaba tan torcida que me exigía reacomodarme.

A pesar de la incomodidad indiscutible de una noche durmiendo en el piso de un solitario museo,  la razón de mis más incómodos despertares fue él (sin ánimo de desmeritar el trabajo manual de algún nahuizalqueño) ese hombre jorobado, de tez manchada, ojos saltones y pecho sobresaliente mucho más allá de su abdomen cúbico que sostenían sus cortas piernas, mínimas con respecto al tronco y en dirección contraria al resto de su anatomía. Él, con quien mi vista se cruzó en repetidas ocasiones con el transcurrir de la noche y me generó rápidas palpitaciones ante la ilusión de un ser real pero con manos deformes de cartón. ¡Desproporcionado e insulso muñeco, acreedor a un par de insultos! Por supuesto no fue una buena noche, ni los viajeros con colchón lograron conciliar el sueño debido a pensamientos paranoicos y miedos aún no curados, sin embargo los lugares son o no memorables de acuerdo a las anécdotas y Nahuizalco se perpetuó en un día.

Regreso el tiempo narrativo para responder a la pregunta: ¿Cómo es posible culminar el día durmiendo en un museo? Llegamos en la mañana al pueblo en “La Camio” de una pareja argentina que salió desde el sur del continente con el propósito de llegar hasta Alaska en auto. Sin conocimiento previo de la Ruta de Las Flores, buscamos un lugar para hospedarnos esa noche. Sin embargo Nahuizalco no tiene hospedajes cercanos al centro y en sus alrededores hay dos únicos poco mochileros. La cocinera del restaurante donde nos sentamos a comer pupusas y hablar de las posibles soluciones, nos sugirió preguntar al cura de la iglesia si podía prestarnos un lugar para dormir esa noche; recurrimos a las monjas del convento ya que el hombre estaba purificando pecados en medio de una extensa jornada de confesiones antes de Semana Santa, y sin objeción nos dieron el permiso, sin embargo la idea previa de una encargada en la Alcaldía nos motivaba más, hospedarnos una noche en el museo comunitario del pueblo sobre una calle de la plaza principal.
MuseoMuseoFuimos durante la tarde el centro de atención del pequeño Nahuizalco, no había bastado con llegar en una camioneta llena de mochilas, aparcar en la iglesia, pedir hospedaje en la alcaldía y dormir en el museo, sino que además, pedimos permiso, inmediatamente concedido, para vender artesanías en el famoso mercado del pueblo.Museo

Museo
Junto a las mujeres que vendían frutas, flores y exquisitas comidas salvadoreñas, estuvimos sentados nosotros, foráneos entrometidos con mesas rebosantes de brazaletes, collares, aretes y un sin fin de accesorios disonantes con el mercado. Al final de la tarde, cuando el pueblo se dirigió a comer, hubo un agolpamiento de personas comprándonos artesanías y regalándonos comida, nuestra presencia no logró ser invisible. Indagaron acerca de la vida lejos de casa, de nuestro viaje, acerca de los lazos familiares, de las razones para estar en un país al que muchos temen ir; nos preguntaron con interés dónde queda Argentina, qué se come en Colombia y por qué hablábamos tan fluidamente el español.

Tras una tarde de amabilidad salvadoreña reflejada en buenas ventas y extensas charlas, nos dirigimos con la barriga llena y una gran sonrisa al museo a dormir. Al menos a intentarlo.

Acerca de Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

Acerca del Autor:

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

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