Día 13. No pienso volver a la normalidad

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Día 13 de escritura – Día 34 de confinamiento 

Aún no sé si es por empatía, por soledad o por curiosidad, pero durante 34 días de confinamiento he buscado tener contacto con amigos perdidos en el tiempo. Aquellos que se olvidaron de mí y yo de ellos porque siempre estaba lejos. Geográficamente lejos e ideológicamente también.

Mientras yo me la pasaba de hostal en hostal, parada en carreteras levantando el dedo, sin celular – hasta el 2018 se me dio la gana comprarme un smart phone y tener whatsapp -, y con tres camisetas y dos pantalones en la mochila, mis amigos me hablaban de trabajos, matrimonios, casas, y no se comunicaban conmigo porque yo insistía en hacerlo por correo. De vez en cuando me soltaban la pregunta: ¿y ahora dónde estás?, y yo me sentía feliz de saberme la rebelde que vivía atravesando fronteras. Vaya que lo extraño, hoy, más que nunca.

Le hablé a uno de aquellos amigos, tal vez de los más cercanos. El que nunca me cuestionó cuándo volvería o de qué viviría en el futuro incierto. Al contrario, él era quien me decía que la próxima vez se iría conmigo.

Pasaron los años y los viajes y más viajes, y siempre me decía que la próxima vez me acompañaría porque ahora le faltaba una carpa, y a la siguiente le faltaba una mejor mochila, cuando le dije que nos fuéramos para México le faltaba el dinero y luego inventó que viajaría en moto y que le hacía falta el vehículo pero que ya casi lo conseguía. Y así se fue y se seguirá pasando la vida.

A él lo contacté. Nuestros saludos no pasan del ¿“qué hubo, todo bien?” nos respondemos con un par de frases más y no volvemos a hablar hasta muchos meses después. “Ole, ¿cómo le va, todo bien?”, le escribí la última vez.

Sin más tema para hablar, nos preguntamos por la cuarentena y declaró su descontento, porque, según él, todo esto es una gran mentira. “Hay gente con un poder inimaginable y se están inventando todo esto” me lo dijo segurísimo de su teoría. “¿Y cómo para qué se lo inventarían?”, le pregunté. “Para doblegar nuestro espíritu y arruinar nuestros sueños”.

La conversación se alargó. Claro que se tenía que alargar porque soy incisiva, parezco una pequeña que no se cansa de tirar del hilo para intentar tener las respuestas de todo. Así que tuve – sí, tuve, es una necesidad casi patológica – que preguntarle cuáles eran esos sueños que le estaban arruinando, y me contestó: viajar. ¡No joda!, le respondí, usted lleva saboteando ese sueño desde que lo conozco y ahora le quiere echar la culpa a la pandemia.

Silencio mutuo.

Es así como vamos postergando la vida, pensé. No se necesita una conspiración global para el auto sabotaje.

Extrañamos lo que teníamos. Pensamos en dónde quisiéramos estar ahora y no es dónde estamos. Culpamos a este frenazo por habernos cambiado los planes y hasta por haberse atrevido a matarnos los sueños.

Imaginemos un mundo paralelo en el que la vida sigue exactamente igual, sin pandemia, ¿qué estaríamos haciendo? Confieso que me veo quejándome por lo que no tengo y hasta por lo que tengo, aplazando ideas porque aún falta una maleta, un millón más, porque falta tiempo. Diciendo que en mayo podré hacerlo, que todavía no es el momento, y que, aunque las condiciones estén dadas, en julio serán mejores. Me veo dándolo todo por hecho.

Siento temor a la vida después de la pandemia, no me abruma el cambio, me abruma que no lo haya, que todo siga siendo igual de insano. Hago parte de la multitud soñadora que está convencida que esto es el cierre de un ciclo torturante, más torturante que la mismísima pandemia.

¿Realmente queremos que todo vuelva a la normalidad? Si la normalidad la vivíamos postergando la existencia porque nos creíamos eternos. El presente se nos escurría divagando en lo que quisiéramos para mañana, y mañana se iba pensando en otro mañana, y así se nos escapaba el tiempo. Tuvo que llegar una pandemia para dejarnos contra las cuerdas y hacernos ver el final tan cerca, que comenzamos a querer vivir desde lo más simple, a respirar, a ver el cielo, a abrazarnos, a sentir desde las entrañas.

La incertidumbre por fin nos obligó a estar en el presente, a vivir día a día con las alegrías más bárbaras y las tristezas más espeluznantes. Somos libres de sentir cómo nos dé la gana, de postergar proyectos sin juzgarnos por eso. Somos libres de las obligaciones que nos robaban el tiempo, nos desligamos del futuro porque nos dimos cuenta que no lo controlamos.

Eres libre de pasar tiempo con tus hijos, yo soy libre de escribir casi a diario, me liberé del sostén y del pantalón en este clima infernal para ir al trabajo. Somos libres, podemos trascender más allá del cuerpo encerrado. No quiero que todo vuelva a la normalidad, esta era la culpable de la muerte lenta de nuestro espíritu soñador y aguerrido.

Tal vez el sistema no cambie después de la pandemia, pero qué no nos importe, lo que vale es lo que transformemos desde adentro por nosotros y para nosotros. Lo demás, que siga su curso insano si así tiene que ser.

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Lee aquí otro post de esta serie: Día 12. Carta de abril a febrero

Cada una de las fotos que subo en este diario son recuerdos de libertad, para que el día que la máquina se vuelva a activar no se me olvide que poder trabajar, respirar, abrazar, caminar, ver el mar o solo poner un pie en la calle ya son motivos de agradecimiento infinito. Los quiero y los abrazo desde este pedacito de mundo en medio de una pandemia que tiene a la humanidad en stand by.

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Natalia Méndez Sarmiento

Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.
Natalia Méndez Sarmiento

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Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.
Hola, soy Natalia

¡Detrás del blog estoy yo! Desde 2014 comencé a escribir aquí para compartir mis experiencias de viaje. Hasta ahora he recorrido 14 países de América y el viaje no termina aquí.

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