Día 11. 72 horas de desintoxicación

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En tres días no me dio la gana hacer. ¿Hacer qué? no me dio la gana hacer ejercicio, ni yoga, ni diario de cuarentena, la comida saludable la aborrecí y engullí palitos de chocolate como si no hubiera un mañana – por fin esta frase adquiere sentido -.

No me dio la gana hacer stories en Instagram, ni compartir recetas de cocina, mucho menos hacer cursos online. No saqué las acuarelas para ilustrar, ni me dio la gana tomar lecciones de francés. Ni siquiera se me dio la regalada gana trabajar desde casa y lo de bañarme lo empecé a dejar para después. Por primera vez en 26 días de confinamiento, descansé.

Durante tres días sin hacer, echada en la cama viendo series y levantándome solo a la nevera para sacar los palitos de chocolate, y hacer combinaciones de yogurt, galletas, cereal y banano en una copa de vidrio para luego comerlo con cuchara postrera – así dura más -, no moví la creatividad, ni el ingenio y el cuerpo apenas se desplazó.

En estas 72 horas de “no se me dio la gana” reflexioné sin preverlo acerca de una de las lecciones de vida de esta pandemia: aprender a parar.

Con o sin pandemia vivo como si fuese una locomotora desbocada – y me atrevo a decir que algunos de ustedes también -. El término “workaholic” (work – alcoholic) entró a hacer parte de mi léxico hace unos días a partir de una lectura que hablaba de nosotros: los adictos al trabajo. En mi caso lo llamaría “to-do-something-always-alcoholic”, en mi idioma natal le diría: “la absurda adicción de tener que estar haciendo algo, sea lo que sea, siempre, hasta cuando no hay ganas ni necesidad de hacer ni un carajo”.

En medio de esta locura que es el confinamiento global, nos dio el arrebato por hacer lo que no teníamos tiempo de hacer sin cuarentena. Me quiero rehabilitar.

Confieso como adicta, que en 72 horas de desintoxicación me di cuenta que gran parte de las cosas que mencioné al principio, aunque me gustan y me liberan, a veces las hago para demostrarle al ego que soy capaz, y el ego no es más que un tipejo en mi mente que le quiere demostrar al mundo que estoy lista para esta competencia insana de saber hacer, de escalar, de llegar alto, de ser la mejor, de tener más, de llegar al éxito, de llegar a la cima… (se me acaba del aire pensando en tantas exigencias mundanas) ¿Y toda esta vaina para qué?.

Parar. Este es uno de tantos aprendizajes en medio de la crisis mundial. No significa que esté invitando al vicio contrario, al de preferir las sábanas destendidas y las maratones de series con papas fritas, sino a la reconexión con lo que verdaderamente importa: nuestra esencia.

El coronavirus llegó de una manera desbordada como espejo de nuestra existencia. Los humanos vivimos en un desbordamiento de ideas, de exigencias, de objetivos, de información, de competencia, nos estamos autodevorando. Ahora vemos números de fallecidos en subida continua y nos da pánico, pero no nos asustó enfermarnos y morirnos de estrés durante años.

Morirse de estrés, una pandemia convenientemente poco comentada. La secuencia de protegernos del estrés sería similar a la de protegernos del Covid: el estrés se produce por vivir desbocados haciendo aún sin necesidad de hacer. Para prevenirlo tenemos que detenernos. Si nos detenemos la producción de dinero se detiene. Si la producción de estos papelitos a los que les damos un valor exagerado se detiene, el mundo capitalista lo hace. Y cuando esto pasa, parece el apocalipsis.

No es el fin del mundo, de hecho, este antropocentrismo también nos tiene jodidos. El mundo no se acaba, tal vez los humanos dejamos de existir, pero la Tierra sigue rotando alrededor del sol, los animales siguen nadando, las estrellas siguen brillando, el universo se sigue expandiendo y las plantas creciendo. De todas formas, no creo tampoco que este sea el fin de la humanidad – hierba mala nunca muere -, es el fin de un ciclo que fuera como fuere nos estaba llevando al acabose de nuestra esencia.

Por eso creo que es el momento de hacer un pare. Si son de los que estaban como yo, locos de ansiedad tratando de tachar todos los numerales de su lista de cosas por hacer en un mes antes del fin del confinamiento, deténganse.

Sigan aprovechando el tiempo para aprender, para ejercitarse, para trabajar, para realizar proyectos que tenían detenidos por falta de tiempo, pero no se atiborren al punto de no saber si lo hacen porque con ello se sienten plenos, o porque su ego se los está devorando y van a terminar la cuarentena estresados por lo que no alcanzaron a hacer.

Está en nosotros romper la cadena del Covid y de todos los virus que nos roban la esencia humana.

Cada una de las fotos que subo en este diario son recuerdos de libertad, para que el día que la máquina se vuelva a activar no se me olvide que poder trabajar, respirar, abrazar, caminar, ver el mar o solo poner un pie en la calle ya son motivos de agradecimiento infinito. Los quiero y los abrazo desde este pedacito de mundo.

 

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Natalia Méndez Sarmiento

Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.
Natalia Méndez Sarmiento

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Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.
Hola, soy Natalia

¡Detrás del blog estoy yo! Desde 2014 comencé a escribir aquí para compartir mis experiencias de viaje. Hasta ahora he recorrido 14 países de América y el viaje no termina aquí.

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