Llegó el día de pagar el alquiler mensual del estudio, un gasto ya contemplado dentro del plan financiero de emergencia que hicimos en mi casa desde que nos quedamos sin trabajo. Pero, aunque contemplado, sentimos temor de acabar con los ahorros, pues por cada día de nuevos contagios, según mis cálculos matemáticos inexactos, es un día más en cuarentena.

Sin la posibilidad de hacer la transacción online, porque el banco donde depositamos el dinero es ineficiente, salimos nuevamente a las calles desoladas de Playa del Carmen en búsqueda de un cajero automático.

Ayer leí que el gobierno había mandado a cerrar todas las playas del país, con el objetivo de hacer entender a la gente que este no es un periodo de vacaciones. Hoy, luego de ir al cajero y estando fuera de casa, me ganó la curiosidad de ver en primera persona el impacto de esta restricción.

En bicicleta y a toda velocidad llegamos al muelle de donde zarpan los ferris hacia Cozumel, la última isla al oriente de México. A Cozumel, diariamente llegaban cruceros y de estos bajaban miles de personas que atravesaban en ferry hacia Playa del Carmen, ya fuera para hacer compras o para hacer excursiones hacia Chichen Itzá, Tulum o algún hacia algún parque temático de la Riviera Maya.

Lejos de encontrar aglomeraciones de gente o ferris bamboleándose con las olas esperando la hora de partida, vimos el acceso a las playas limitado por varias líneas de cinta amarilla. En el borde del muelle había una pareja que miraba en silencio el horizonte, en el medio había una camioneta de la policía municipal, que partió apenas llegamos, y se quedó un policía hablando por celular al lado de su moto.

Por primera vez vi las playas desoladas y el silencio me estremeció. Muchas tardes deseé que los clubes de playa callaran su escándalo, que la gente guardara sus bocinas y se llevaran las neveras de cerveza al balcón de su casa, que hubiera un momento de silencio para poder sentarme a contemplar la inmensidad y escuchar únicamente al mar limpiando mis pensamientos. Hoy se cumplió ese deseo.

El mar se veía diferente, como si estuviera volviendo a la vida y recobrando el espacio que le pertenece. El color, el brillo y la transparencia eran las mismas de hace dos semanas, lo que se transformó fue la energía.

Durante los minutos que estuvimos allí escuché las olas golpeando contra las rocas y vi la arena acomodándose al devenir del viento. La naturaleza volvió a adquirir poder delante de mí, hoy las payas dejaron de ser el patio trasero de Playa de Carmen y volvieron a imponerse de una manera que no puedo explicar. Hace falta pararse allí y haber estado unos días antes para entenderlo.

El policía de la moto nos pidió amablemente que nos retiráramos, así como a la otra pareja que estaba al otro lado del muelle, ya habíamos contemplado esta inmensidad durante tres minutos, muchos para estos tiempos de pandemia.

Regresamos pedaleando absortos. Al llegar a casa le pregunté a Re qué había sentido al ver la playa solitaria y sin dudas ese sentimiento indescriptible fue mutuo. “Lo vi como un escenario apocalíptico, pero no me dio miedo, fue como si el mar me hablara. Yo creo que está recobrando el poder que nuestro ego humano ha intentado atribuirse.”

Volvimos a concentrarnos en lo inmediato: pagar el alquiler. Contamos 4500 pesos mexicanos y Re bajó a pagarle a la dueña del estudio, una mujer de mediana edad que mantiene a su familia gracias a una frutería que manejan sus hijos, a una taquería que maneja ella y a un taxi que maneja su esposo.

De lo entregado enrolló 1000 pesos y se los devolvió a Re, “en estos tiempos todos debemos ayudarnos”, dijo. Con vergüenza él le replicó que no se preocupara por nosotros, que por ahora estábamos bien y que tal vez su familia también lo necesitaba. Insistió. Unos minutos después una de sus hijas toco a la puerta: “muchachos, disculpen a mi mamá que se equivocó con las cuentas, aquí les manda 500 pesos más, el alquiler les queda en 3000 porque sabemos que se quedaron sin trabajo”.

Bajamos a seguir agradeciendo con toda el alma este gesto de bondad. Fue inevitable que, durante mi meditación, se me salieran las lágrimas de agradecimiento por la abundancia de todo lo que tengo y recibo. Solo me queda dar exactamente lo mismo y más, para que la energía humana siga vibrando alto y nos empoderemos desde el amor, la empatía y la generosidad.

El mundo ya cambió, hace quince días ni tú, ni yo, ni el mar éramos los mismos.

Cada una de las fotos que subo en este diario son recuerdos de libertad, para que el día que la máquina se vuelva a activar no se me olvide que poder trabajar, respirar, abrazar, caminar, ver el mar o solo poner un pie en la calle ya son motivos de agradecimiento infinito. Los quiero y los abrazo desde este pedacito de mundo.

—————————————————————–

Idea #9 para no enloquecer en esta cuarentena:

Dibujar o pintar. No importan los materiales, no importa si son buenos o malos haciéndolos, lo importante es utilizar la pintura como herramienta para distraerse y sanar el alma que a veces se puede apachurrar en tiempos de cuarentena.

A mí me gustan mucho las acuarelas, aquí les comparto el instagram de un ilustradora colombiana que da clases en vivo de acuarela una vez a la semana y tiene cursos online muy económicos.

 

Ver esta publicación en Instagram

 

Una publicación compartida de ✨Alinailustra✨ (@alinailustra) el

Acerca de Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.