No toleraba por mucho más tiempo la jubilosa música cristiana a volumen estruendoso, que el chofer del chicken bus blandía con orgullo desde hacía tres horas al partir de Chimaltenango, cada hora era un poco más insoportable que la anterior porque solo un disco era leído en la consola y para mí, todas las canciones sonaban iguales al punto de poder predecir los coros y cantarlos, saltando al compás de cada “¡Oh Señor!” sobre una trocha empinada y de abismos intimidantes, para olvidarme así del eterno viaje hacia el Lago Atitlán. Me adentraba paulatinamente en medio de un túnel temporal, ya Guatemala me había enseñado su lado colonial y su contraparte moderna, ahora me dirigía a unos pequeños pueblos indígenas donde el español lo hablan poco y según los lugareños, todos los foráneos somos anglo parlantes y gringos. Uno tras otro, el bus fue entrando y saliendo de estos minúsculos poblados en cuestión de un par de minutos a razón de cada uno. Sus nombres bíblicos eran el acompañamiento perfecto a la música del autobús; Santa Clara, Santa María, San Juan y San Pedro lugar al que me dirigía, luego estarían del otro lado otros santos y santas circundando Atitlán, una mezcla cultural entre las prehispánicas costumbres de vestidos coloridos y lenguas mayas, con la absorbente religión católica y otras invasoras de antiguas creencias.


Chiquita era una perra que cuidaba el hostal donde trabajé a cambio de hospedaje, me acompañaba siempre en la recepción y se sentaba al lado de la puerta de mi habitación en la madrugada para cuidarme, algunas tardes la sacaba de paseo por el pueblo o ella me sacaba de paseo a mí, eran tan pocas las ocasiones en que ella salía que su emoción al hacerlo no le permitía parar por un momento, corría, saltaba y se agitaba. Con ella también me perdí entre subidas y bajadas, no es que San Pedro sea grande, es que no tiene forma y esa carencia hace parte de su encanto.

Comprando mi desayuno en el mercado cada tres días aprendí a negociar con los guatemaltecos, tal vez mi nacionalidad colombiana me ayudó a no dejarme vender productos por un precio más alto que el habitual. Algunos días me enojaba y prefería no comprar nada que dedicar minutos a discusiones. Preguntaba por un piña por ejemplo, generalmente me hablaban en inglés y me cobraban 25 quetzales, algunas veces les pedía el favor de hablarme en español porque era colombiana y entrábamos en debate acerca del por qué siendo de ese país hablaba español, pues no me creían que era mi idioma natal; otras veces lo hacían pero nos confundíamos porque la mayoría de indígenas que allí viven hablan tzutuhil y un tosco castellano de verbos mal conjugados y pocos artículos. Tras superar la barreras idiomáticas, les pedía un descuento porque sabía que la piña costaba 10 y no 25 pero se rehusaban a hacerlo, solo al verme partir me gritaban con desespero que la fruta había bajado en un segundo de precio y podían vendérmela por 7 quetzales. Para comprar artesanías o cualquier artículo era igual no solo en San Pedro sino en Antigua, Chichicastenango y Flores, seguramente en el resto del país también. Incluso la señora que vendía el “banana bread” me daba un precio dentro del hostal y otro afuera, debía recordarle que yo era la misma persona que día a día le compraba panes y que habíamos conversado de nuestras vidas varias veces, para que me diera el precio pactado para mochileros y no para gringos.

Fue fácil acomodarme y dejar pasar los días con los vientos Xocomiles durante tardes nostálgicas, podría decir que fue la primera vez en este viaje donde estuve verdaderamente sola, sin compañeros temporales o personas con quien cruzar palabras. Confieso que las noches frías de San Pedro en mi habitación me obligaron a repensar relaciones, a dormir abrazada a mi sleeping y jugar a escribir Días de Abecedario para desahogar soledades y enviar mensajes con destinatarios anónimos, nunca antes en el viaje hui tanto de la gente como en el hostal donde trabajaba – paradoja porque hacía contacto con todos en la recepción -. Me sentí verdaderamente sola, pero sané mis tardes melancólicas sentada frente al Lago con Chiquita babeando a mi lado. Me recordaba esa inmensidad, que realmente estaba ahí disfrutando paisajes que esperaba ver en pasados y los respiraba.






