Antes de que las lágrimas me ahoguen

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¡Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno!… tengo una imposibilidad crónica de gritar ¡feliz año! Cada 31 de diciembre se me anuda la garganta y lagrimeo sin tener una razón precisa. Han de ser los recuerdos tristes por lo difíciles que pudieron haber sido los últimos 365 días, entremezclados con un flash enceguecedor de agradecimiento infinito por todo lo bello que, viéndolo en retrospectiva, fue todo.  

Soy llorona desde que lo recuerdo, este lagrimeo escondido entre gritos ahogados, uvas atoradas y abrazos colectivos, era un secreto que guardaba a pesar de mi condición sensiblera. Pensaba que todos lloraban o que se atragantaban de lágrimas, pero no, me lo han reafirmado varias veces con un signo de interrogación en el entrecejo, cuando pregunto si en cambio de comer una uva por cada campanada les sale una lágrima. Por eso disimulaba.

Pero haber vivido el histórico, inolvidable, arrasador y cuantos adjetivos se nos puedan ocurrir para el 2020, me da el derecho de llorar hasta que me seque si me da la gana – aunque, ha sido tan insólito, que podría ser la primera vez que no lo haga -. Las reacciones descabelladas (con los pies sobre la tierra) ante el final de este ciclo de 366 días serán socialmente aceptadas, pues, por primera vez reconocemos que una misma circunstancia nos movió el piso a 7 mil millones de personas al mismo tiempo, de distintas formas, en diferentes dimensiones, pero todos fuimos y seguimos siendo parte de la misma historia.

En apariencia, el viernes 1 de enero todo seguirá igual y los siguientes meses serán la continuación de cuarentenas, ensayos de vacunas, cierres y aperturas de fronteras y nacimientos espontáneos de teorías de conspiración. La diferencia es que ya no será algo extraordinario, nuestro cerebro adaptativo ya convirtió la “nueva normalidad” en rutina. También seguirá lo que siempre ha estado pero que ha perdido relevancia mediática porque la pandemia fue la estrella del año, me refiero a guerras, hambrunas, payasos como políticos – de cualquier bando, en lo personal los veo a todos como seres atrofiados – , inmigración desbordada a causa de los payasos, mentiras, teorías conspirativas que dejan de ser teorías, violencia, masacres (perdón, “homicidios colectivos”) y, sin embargo, creo que la transformación individual y colectiva se está desenmarañando. No en vano el 2020.

Yo también perdí mi trabajo durante nueve meses y no he encontrado uno nuevo que pueda reemplazarlo. Por primera vez supe lo que eran los ataques de ansiedad y los episodios cortos de depresión. Me cancelaron vuelos de regreso a casa. Cerraron las fronteras de mi país y me sentí más lejos que nunca de mi familia. Sufrí de pánico a la calle, luego de que nos convencieran que la casa era el único lugar seguro. Vivimos encerrados dos, en un estudio de 30 metros cuadrados sin paredes internas, salvo la del baño, y a 39 grados centígrados con un único ventilador.

Amigos y familiares enfermaron de Covid. Tuve la suerte de no lidiar este año con la muerte de frente, por Covid, por cáncer, por un infarto, porque todos nos vamos a morir sin saber cuándo ni cómo, algo que agradezco y que sé, es el desconsuelo de muchos. Invertí y perdí dinero en un negocio que aparentaba dar frutos en el viejo mundo – febrero -. Renegué, porque, además de la pandemia, pasaron dos huracanes por mi ciudad que me llenaron de pavor e inundaron de agua y moho los guacales que lijé y pinté durante varias tardes calurosas de cuarentena, así como la ropa, las baldosas del baño y hasta las paredes de la casa. Se fue al carajo la docena de planes grandes que tenía escrita el 1 de enero cuando juraba que este sí, este sí iba a ser mi año.

Y pesar de todo, lo fue.

Esta es una fotografía que tiene más de 8 años y para mí evoca una despedida

¡Gracias 2020! porque viví un momento histórico y estoy viva para contarlo. Porque los juicios hacia los demás se fueron derrumbando, cuando la vida me obligó a vivir lo que no comprendía y solía juzgar. Porque viví por unos meses el encanto de la empatía humana sin idiomas ni fronteras. Porque tuve tiempo para mirarme, criticarme y empezar un proceso consiente de transformación. Gracias porque pude parar y soltarme del ritmo desencadenado y hostil en el que nos obligan a vivir. Porque la vida, la libertad y las nimiedades se volvieron invaluables. Gracias por el silencio, por el sopetón de humildad y por el tiempo.

Aún vivo el duelo de marzo, “esperemos que todo vuelva a la normalidad”, sigo repitiendo cuando sé que el mundo ya cambió y no volverá a ser igual. No soy una positiva encarnizada, al contrario, me reconocen quienes me conocen como negativa. Aun así, viéndolo en perspectiva como cada 31 de diciembre, fueron bellos cada sol y cada luna con sus alegrías y sus tristezas.

Visualizo el 2020 como un gran monstruo desencadenado que hizo reales algunas de mis pesadillas. Ahora lo veo por la ventana trasera de mi vida con una sonrisa y me despido con cariño, pero con el deseo de jamás volverlo a ver. Fue un maestro de vida del que saqué provecho a pesar de sentir que me hundía.

Los propósitos para el 2021 ya no serán tan banales. La cuarentena me dio tiempo de hacer ejercicio, estudiar francés, aprender a cocinar carne al pastor vegana, hacer cursos de acuarela y hasta de poder tocar el piso con mis manos estando de pie. Para el año que llega mis propósitos serán más espirituales, al fin de cuentas, maestro 2020, aprendí que la fuerza y la calma interior son lo que cuenta cuando lo inimaginado sucede y destruye toda la ilusión de realidad.   

Hasta nunca 2020. Venga lo que venga jamás será igual. La humanidad no volverá a hacer la que solía ser, aunque, solo en apariencia, estemos dando vueltas en el mismo infinito. ¡Feliz año! que el grito llegue a todos los rincones, antes de que las lágrimas me ahoguen.

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Natalia Méndez Sarmiento

Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.
Natalia Méndez Sarmiento

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Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.
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1 comentario en “Antes de que las lágrimas me ahoguen”

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