Road Trip, 4000 km en México (I)

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Road Trip, 4000 km en México (I)

Por |2018-12-14T11:21:35+00:00diciembre 10, 2018|México, Norteamérica, Viajes|Sin comentarios

Todo comenzó una tarde en la que recibí un correo estando en Cusco: “¿Quieres ir a Monterrey con Copa Airlines?” Nunca puedo decirle que no a un viaje y mucho menos si era para regresar al país de mis amores: México. Sin pensarlo mucho di una respuesta positiva, e inmediatamente escuché la siguiente propuesta venida de Re: “¿Y si hacemos un road trip de 20 días en el país?”

Invitamos a mi hermano y a dos amigos colombianos, quienes no resistieron las ganas de conocer México, y aventarse con nosotros al primer road trip de mi historia viajera. Fueron 4100 kilómetros, 10 ciudades y 25 días de un recorrido circular, comenzando y terminando en Monterrey.

Todo lo vivido en 25 días es imposible de contar en un solo posteo, aunque los mismos 25 fueron poco tiempo para recorrer una fracción de México.

PRIMERA PARADA: MONTERREY, DE NORTE A SUR

Tenía curiosidad por conocer el norte de México, la primera vez que había llegado a este país, la gasolina me había alcanzado solo hasta Ciudad de México, en el medio. Había escuchado acerca de las grandes autopistas que atravesaban el estado de Nuevo León, del calor en verano, y de los paisajes desérticos.

Llegamos a las 4 de la mañana después de un viaje de 24 horas desde Cusco, veníamos separados, Re y yo desde Perú, y Sergio, Camilo y David desde Colombia. Al llegar al aeropuerto estaba muy nerviosa, tres años antes me habían inadmitido en Ciudad de México (toda la historia en este posteo: A México no entras). En esta ocasión, cuando sellaron mi pasaporte y me dieron la bienvenida en Migración, todo el enojo y el miedo acumulados estallaron en lágrimas, estaba descargando tres años de frustración.

Copa Airlines
Acertadamente las autopistas eran gigantes incluso dentro de la misma ciudad, de eso me di cuenta en la madrugada, cuando veía asombrada puentes, carriles, cruces y calles magnificentes; el calor del otoño no era tan fuerte como había escuchado del verano; y con respecto a los paisajes desérticos, no lo fueron tanto, o mejor, no como los imaginaba. De hecho, Monterrey está rodeada de montañas verdes en las que es posible hacer “hikking”.

Allí, alquilamos un auto para dar inicio al recorrido. El plan fue llegar hasta Ciudad de México y devolvernos a Monterrey por otro camino.

Si quieren saber más de esta ciudad industrial, hice un post aparte con datos útiles: ¿Qué hacer en Monterrey? datos útiles y consejos

SEGUNDA PARADA: SAN LUIS POTOSÍ, EL CIELO EN EL DESIERTO

El paisaje entre el estado de Nuevo León y el de San Luis Potosí, fue un deleite para los ojos. Las montañas al lado de la carretera eran de piedra, blancas y afiladas, una pintura que nunca antes había visto, y que se fue transformando en terrenos planos y mucho más áridos hasta llegar al desierto.

Lo mejor de un road trip, es poder disfrutar cada instante de la ruta. Ver y sentir cómo trasmutan las montañas, el clima y el color del cielo. En este primer tramo solo había espacio para la exaltación, y para el sueño inocente de no parar de conducir hasta llegar al otro del mundo.

Nos instalamos en San Isidro, un pueblo de pocas calles y silencio emplazado en medio del desierto. Samuel, el dueño de la casa que alquilamos, nos invitó la primera tarde a la fiesta de cumpleaños de su mejor amigo. Música, asado, cerveza y mucho chile. Lo más curioso es que los celebrados parecíamos nosotros, el cumpleañero nunca se sentó en la mesa y apenas terminamos de comer nos fuimos. Samuel nos explicó que era la tradición en el pueblo, incluso llegaban familias a reclamar su comida y se iban sin abrazar al festejado, pero él, estaba atento a quien llegaba por su plato para agradecer su presurosa asistencia.

De San Isidro viajamos hacia Real de Catorce, un poblado de otro mundo. Para llegar a él, se conduce sobre una carretera empedrada de 24 kilómetros entre las montañas desérticas, y su entrada es un túnel de piedra. Parece otra dimensión donde la vida quedó inmóvil en el pasado. Las personas van silenciosas y evitan las miradas, muy diferente a otras ciudades mexicanas. Prefieren huir de los lentes de las cámaras, y apenas hablan para vender quesadillas o tacos en el porche de sus casas. En mi imaginario, es lo más parecido a un escenario de película del viejo oeste, donde el sonido más estruendoso es del viento.

Desde allí, o desde Estación Catorce, otro pueblo con una vieja estación de tren abandonada, por donde pasan tantos vagones de carga que esperar verlos en su totalidad puede tomar más de 10 minutos, es posible internarse en el desierto.

Así lo hicimos una noche, dormimos a la intemperie haciendo turnos para mantener encendido el fuego.  Cuando llegamos al atardecer, pensé que sentiría miedo de la oscuridad, de los ruidos, de los posibles animales que pudieran acercarse al campamento, de la energía nocturna del desierto. Sin embargo, fue una noche en que el espectáculo de ver la vía láctea desde la Tierra no dio tregua al miedo sino a la euforia. Cuando fuimos conscientes del privilegio de pasar una noche en el desierto, cualquier emoción se apaciguó, estuvimos allí tan tranquilos, que no hubo asomo de paranoia o ansiedad, solo nos acompañó la luna casi llena que iluminaba los cactus y los senderos.

TERCERA PARADA: GUANAJUATO EN DÍA DE MUERTOS

México es mágico. El desierto fue enigmático, al punto de llevarnos a estados de relajación insospechados durmiendo a la intemperie, y el Día de Muertos fue un encuentro con la ambivalencia entre la felicidad de la luz y la tristeza de la muerte.

Antes de comenzar el road trip, ya pensábamos en el 1 de noviembre. Desde temprano llegamos a San Miguel de Allende, para ver cómo se elaboraban los altares decorados con flores de cempasúchil, para indicar a los muertos el camino de regreso a su antigua casa. En los altares también ponían las fotos del familiar a quien deseaban tener de visita, sus prendas, comidas y objetos favoritos en vida.

San Miguel de Allende es colorido por sus fachadas, pero este día era un gran estallido de luces y matices. El papel picado colgado de muro a muro decoraba la escena. Las personas iban maquilladas de catrinas, representaciones de la muerte que en tiempos pasados eran una mofa a la burguesía.


Allí, había dos caras de la celebración. Por un lado, la turística, en la que todo era deslumbrante, había concursos para elegir los mejores disfraces de catrinas, desfiles, maquillajes por 200 pesos mexicanos, venta de pan de muerto exclusivo de la fecha, luces, velas, altares despampanantes para famosos fallecidos, y venta de comida, de calaveras y de flores.

Del otro lado, el panteón, el real, donde las familias iban a hacer altares y a visitar muertos que sí conocieron: a sus hijos, sus abuelos, sus madres o sus nietos. Allí el ambiente era diferente, se sentía la tristeza disfrazada de alegría. También había flores, panes, comida y velas, pero la intensión no era deslumbrar al público, sino honrar a sus muertos.

Había músicos vernáculos y hasta rockeros frente a las tumbas, entonando canciones que podían ser divertidas o melancólicas. Nadie lloraba, al fin y al cabo era una fiesta, sin embargo se sentía el desasosiego de padres que hacía poco tiempo habían enterrado a sus hijos. Los altares de los niños estaban cubiertos de juguetes y peluches. Ya no me daban ganas de hacer fotografías ni videos, esta, sí era la celebración, el verdadero Día de Muertos que alegra y acongoja al mismo tiempo.

Al día siguiente en Guanajuato, regresamos a la fiesta turística que no desmerito, pues tiene un físico y un espíritu mágico y poco sombrío. Las calles del centro estaban decoradas con tapetes de granos y flores, que formaban diferentes formas alusivas a la fecha. No fue fácil transitar por allí, ríos de gente se movían a los lados de los tapetes, tomando fotografías y admirando estas obras de arte. Todo era fiesta, música y vendimia.

Terminamos el fin de semana extasiados de haber vivido una de las celebraciones que, a mi parecer, es la más bella y así mismo particular de México. Tiene dos caras, sí, como todo lo existe porque es necesario mantener el equilibrio.

CUARTA PARADA: ACAPULCO, MAR Y MORDIDA

Este tramo de camino no estuvo nada fácil, la emoción de los primeros días en auto ya no era la misma, especialmente porque conectar San Miguel de Allende con Acapulco, significó más de 12 horas de viaje, un policía corrupto, una cantidad exagerada de peajes, y una llanta tirada en el camino.

Acapulco, Ciudad de México, y la emoción de completar 4100 km, en el siguiente post. Por favor sean pacientes que no tarda en salir. 🙂 Y si quieren ver más de este road trip, no se pierdan el video que les dejé abajo *hecho con amor.

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Acerca de Natalia Méndez Sarmiento

Voy por el mundo con una mochila al hombro y una libreta recolectando historias, experiencias, sensaciones, conociendo personas, disfrutando paisajes y escribiendo para difundir mi pasión por los viajes.

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